La educación desempeña un papel vital en la transformación de las personas y de las comunidades. La educación transformadora va más allá del conocimiento académico: cuestiona las actitudes existentes, impulsa nuevas formas de pensar y capacita a las personas para generar un cambio positivo en sus comunidades.
Estudié en un colegio de secundaria dirigido por las Religiosas de la Asunción, y mi relación y amistad con ellas continúa. Encontré a las Hermanas únicas en su manera de tratar a las alumnas: eran cariñosas, comprensivas, pacientes y atentas, incluso cuando cometíamos errores. Como estudiantes, veníamos de regiones, orígenes, experiencias, culturas y creencias distintas. A pesar de nuestras diferencias, fuimos construyendo poco a poco un espíritu de familia, trabajo en equipo y responsabilidades compartidas, creando una cultura del cuidado y un sentido de pertenencia.
Como docente, tuve la oportunidad de servir durante dos años en una comunidad masái. En esta comunidad, las mujeres y las niñas han cargado tradicionalmente con gran parte de las tareas domésticas. Por eso vi el aula como un espacio importante donde podía ayudar a los alumnos a comprender el valor de la responsabilidad compartida, la cooperación, la igualdad y la confianza en uno mismo, con independencia del género.
Una experiencia que permanece grabada en mi memoria ocurrió cuando los alumnos preparaban sus aulas para los exámenes. Los chicos se resistían a fregar el aula, porque creían que la limpieza era una tarea destinada solo a las chicas. En lugar de simplemente obligarlos, convertí la situación en una ocasión de aprendizaje transformador. Cambié las responsabilidades: las chicas irían a buscar agua y los chicos fregarían el aula. Con ánimo, diálogo y unas cuantas palabras persuasivas, los chicos tomaron las fregonas y, para mi sorpresa, ¡empezaron a disfrutar del trabajo! Todo fue diversión y una aventura para ellos.
Lo que empezó como resistencia se convirtió en cooperación. Los chicos no limpiaron solo un aula: limpiaron tres, mientras las chicas les traían el agua. La imagen capta mucho más que a unos alumnos limpiando un aula: capta una pequeña transformación en la actitud y en la comprensión.
Más allá de las tareas domésticas, también animé a las chicas a participar en el fútbol, un deporte que en la zona no solían practicar las niñas. En una comunidad donde las chicas tenían pocas oportunidades de participar en este tipo de actividades deportivas, animarlas a pisar el campo de fútbol se convirtió en otra manera de desafiar las expectativas tradicionales. A través del deporte se les dio la oportunidad de desarrollar confianza, trabajo en equipo, valentía y un sentido de pertenencia.
Estas experiencias confirmaron en mí que la educación transformadora puede darse a través de experiencias sencillas y cotidianas, tal como las Religiosas de la Asunción hicieron con nosotras en nuestros años de secundaria. La educación puede cuestionar supuestos profundamente arraigados, abrir nuevas posibilidades y capacitar a los jóvenes para verse a sí mismos de otra manera. Estoy verdaderamente agradecida de haber recibido una educación con las Religiosas de la Asunción: no es solo conocimiento académico y de aula, sino una educación que permite a los alumnos probar y explorar nuevas ideas, remodela la forma de pensar y les ayuda a ver los desafíos como invitaciones a crecer y a dar un paso más.
A pesar de los muchos retos a los que se enfrentan las comunidades masái —especialmente los que afectan a las niñas, incluidos entornos de aprendizaje difíciles y a veces inseguros—, seguir ofreciendo una educación transformadora a las niñas es esencial. Al mismo tiempo, es necesario animar continuamente a los chicos y a los jóvenes a comprender que las responsabilidades domésticas pueden compartirse y no deben determinarse por el género.
He reflexionado sobre mi propia vocación como religiosa en la Congregación de las Religiosas de la Asunción. Para mí, este es el corazón de la educación transformadora: no solo enseñar a los alumnos lo que deben saber, sino ayudarlos a pensar de otra manera, a cuestionar sus creencias limitantes, a descubrir sus capacidades y, con el tiempo, a convertirse en agentes de cambio positivo en sus comunidades.
La llamada continúa, pues la educación transformadora —formal o no formal— nos capacita para ir más allá de los obstáculos más formidables.
Por Winnifrida John Massawe