El 3 de junio de 2007, en la solemnidad de la Santísima Trinidad, Benedicto XVI canonizó en la Plaza de San Pedro a la Madre María Eugenia de Jesús Milleret (1817–1898), fundadora de las Religiosas de la Asunción. En su homilía recordó que, si la sabiduría de Dios resplandece en el cosmos, son los santos las verdaderas «obras maestras» en las que se manifiesta su grandeza. Recordar hoy aquella fecha es volver a preguntarnos qué le dice a nuestro tiempo una mujer que se dejó transformar enteramente por Cristo.
Conviene escucharla a ella, porque su doctrina sigue siendo luminosa. Para Madre María Eugenia, ser santos no es un ideal abstracto, sino un trabajo activo y constante: dejar que la vida de Dios se establezca en el alma hasta arraigarla por entero en el bien, a imitación de la perfección del Padre. De ahí brotan cuatro líneas concretas.
Imitar a Jesucristo. La santidad consiste en reproducir el espíritu del Evangelio en la propia vida, en una unión muy estrecha con la persona de Cristo, hasta llegar a ser, por la gracia del Espíritu, «otros Cristos», de modo que cada palabra y cada acción se vuelvan predicación silenciosa de su doctrina.
Santificar lo cotidiano. No hace falta esperar grandes ocasiones: toda acción ordinaria puede hacerse santa si se realiza con fervor y pureza de intención, para gloria de Dios y no por amor propio. Ella retomaba un método sencillo de san Vicente de Paúl: preguntarse ante cada tarea «¿cómo haría Jesucristo esta acción?, ¿cómo respondería Él?».
Acoger la cruz. Las penas no están hechas para hundirnos, sino para ejercitarnos y santificarnos. Vividas como gracia, se vuelven peldaños hacia un amor más perfecto y una unión más honda con Dios.
Vivir el fervor y la voluntad de Dios. Ser santo pide amar a Dios por encima de todo y unir la propia voluntad a la suya en cada detalle, en las alegrías como en las contradicciones. Su fórmula de abandono puede hacerse oración de cualquiera: «Sí, mi Dios, lo que tú quieras, como tú quieras y cuando tú quieras». Y no proponía caminar a solas: señalaba a la Santísima Virgen como modelo del deseo puro de Dios y a los Apóstoles, que, a pesar de sus debilidades, se dejaron llenar de Él para edificar su Reino.
La pregunta es qué pide la santidad de Maria Eugenia ahora. Y lo que pide es sorprendentemente actual.
A las religiosas de la Asunción les recuerda que su carisma no es patrimonio del pasado, sino fuente viva: contemplación y acción, Eucaristía y misión, vida interior y educación de las jóvenes generaciones forman una sola corriente. A los laicos comprometidos (educadores, catequistas, padres y madres, profesionales que viven la fe en medio del mundo) les ofrece un camino de santidad accesible: no salir de la vida ordinaria, sino santificarla desde dentro.
En un tiempo que a menudo desconfía de transmitir valores, su testimonio es contracorriente y necesario. Benedicto XVI lo dijo con claridad aquel día: el ejemplo de María Eugenia invita a transmitir a los jóvenes los valores que les ayuden a ser adultos fuertes y testigos gozosos del Resucitado. En el Ángelus pidió además que su ejemplo ayudara a «centrar vuestra vida espiritual en Cristo» y en el misterio de la Encarnación, impulsando un compromiso apostólico decidido, sobre todo a través de la educación. Educar así, hoy, es una forma alta de santidad.
Quizá esa sea su lección más sencilla y más exigente. La santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en dejar que Cristo viva, reine y actúe en lo que cada uno ya tiene entre manos. Por eso María Eugenia no pertenece solo a 1898, ni siquiera a 2007: pertenece al hoy de quien, en su mesa de trabajo, en su aula o en su comunidad, se atreve a preguntarse cómo lo haría Jesús.
Fuentes: Benedicto XVI, Homilía y Ángelus del 3 de junio de 2007 (vatican.va).