Muy queridas Hermanas y Amigos:
¡Os deseo muy feliz fiesta de Santa María Eugenia!
Me alegra conmemorar con gratitud, este año, el 190.º aniversario de la experiencia de conversión de María Eugenia en la Catedral de Notre-Dame. No fue simplemente un momento de consuelo personal o de intuición espiritual pasajera; fue un encuentro profundo con el Dios vivo, mediado por la predicación de Cuaresma del Padre Lacordaire en 1836, que reorientó su corazón y transformó su futuro, llevándola a redescubrir su vocación cristiana y religiosa. La propia Catedral de Notre Dame no es aquí un elemento accesorio pues evoca la tradición y la consagración, encarna la continuidad con tantas generaciones de cristianos y moldeó el sueño de María Eugenia de una vida totalmente entregada a Dios y a su misión. Es una gracia especial que este 10 de marzo, nosotras – Hermanas, alumnas y colaboradores misioneros en Francia – tengamos el privilegio de celebrar la Eucaristía de la fiesta en la catedral.
Para nuestras reflexiones de este año, me centraré, por tanto, en la experiencia de Dios que Santa María Eugenia vivió en Notre-Dame, un encuentro que se convirtió en el punto de inflexión decisivo de su vida. Santa María Eugenia habla de esta experiencia de diversas maneras. De sus relatos se desprenden varias intuiciones fundamentales.
Lo primero que me llama la atención es que María Eugenia hace una diferencia entre haber sido “tocada por Dios” antes, en la Sagrada Comunión, y “haber oído la voz de Dios” en Notre-Dame: “Dios había… tocado primero mi alma en mi Primera Comunión, pero yo no lo comprendí. Fue en Notre-Dame donde comencé a oír su voz .”[1] Los sermones de Cuaresma en Notre Dame, fueron la ocasión para interpretar y despertar en ella la experiencia de Dios. La gracia implícita anterior ahora se ha vuelto explícita y más real.
Sobre su experiencia en Notre-Dame, María Eugenia escribe al Padre Lacordaire: «La gracia me esperaba allí. Sus palabras daban respuesta a todos mis pensamientos, explicaban mis instintos, completaban mi comprensión de las cosas, reavivaban en mí la idea del deber y el deseo del bien dispuestos a marchitarse en mi alma; me daban una nueva generosidad, una fe que nada volvería jamás a hacer vacilar.”[2] María Eugenia experimenta la gracia como un despertar interior o una iluminación. Describe el sermón de Lacordaire como la voz de Dios que respondía a sus preguntas, clarificaba sus pensamientos, explicaba sus instintos y completaba su comprensión. Esto alude a una experiencia de Dios caracterizada por claridad interior e integración: la confusión cede paso al sentido; el instinto y la inteligencia se armonizan con una fe que compromete a toda la persona. Dios es experimentado como Aquel que conoce su vida interior y responde directamente a ella. Su experiencia no es un momento emocional aislado, sino un proceso estable de conversión: una renovación del sentido del deber y del deseo moral, una generosidad renovada y una fe que ella cree “que nada volvería jamás a hacer vacilar”. Descubre a Dios como una fuerza restauradora y estabilizadora, que reorienta su vida hacia el bien cuando estaba “a punto de marchitarse”. Esta fue su experiencia fundacional de Dios.
En su Carta al Padre Picard, María Eugenia habla de los fundamentos de su vocación cristiana: “Mi resolución desde ese momento fue convertirme en una cristiana seria y verdadera, no a la manera del mundo, sino a la manera del Evangelio.”[3] Su experiencia de Dios en Notre-Dame la conduce a una redefinición radical de la vida Cristiana. Su determinación revela que encontrar a Dios significa conversión: rechazar una religiosidad superficial y acoger la seriedad evangélica. Dios reclama la vida entera.
En su carta al Padre Lacordaire, María Eugenia también alude al despertar de su vocación religiosa: “Aunque (…) mis primeros pensamientos de vocación religiosa apenas suscitaron otra cosa que su sonrisa, … yo estaba verdaderamente convertida y había concebido el deseo de entregar todas mis fuerzas, o más bien toda mi debilidad, a esta Iglesia que, a mi modo de ver, era la única que poseía en la tierra el secreto y el poder del bien.”[4] Aquí encontramos una espiritualidad en la que Dios actúa a través de la limitación y la fragilidad. La vocación no nace de la certeza humana, sino de la humildad y del abandono interior. Aunque reconoce su vacilación inicial —señalando que sus primeros pensamientos sobre la vocación solo suscitaron una sonrisa—, vive, sin embargo, una profunda conversión interior. Su experiencia de Dios no conduce a una seguridad triunfal, sino a una humilde ofrenda de sí: “entregar todas mis fuerzas, o más bien toda mi debilidad”. Culmina en la firme convicción de que solo la Iglesia “poseía… el secreto y el poder del bien”. No se encuentra a Dios al margen de la comunión eclesial; al contrario, la fe madura en una pertenencia comprometida, inseparablemente unida a la vida y a la misión de la Iglesia.
Como religiosa comprometida, María Eugenia vuelve continuamente a esta gracia inicial. En los momentos de incertidumbre, de lucha o de discernimiento, Notre-Dame permaneció como una referencia espiritual: un lugar de memoria y renovación, donde su audacia era restaurada y su visión clarificada. Esto fundamentaba su fidelidad y sostenía su esperanza, recordándole que su misión no era iniciativa propia, sino la obra que Dios la confiaba.
Al contemplar estas experiencias fundacionales, estamos invitados a hacer algo más que recordar el relato de su vida. Estamos llamados a volver a la gracia originaria que sostiene nuestra propia vocación cristiana y religiosa: a una relectura atenta y a un discernimiento de la resonancia de la voz de Dios en nuestras propias historias. ¿Qué experiencias han modelado nuestra fe y esclarecido nuestra vocación? ¿Qué momento, lugar o etapa despertó en nosotros la conciencia del amor de Dios y de su llamada —ya sea al discipulado o a la vida religiosa? ¿En qué momentos hemos encontrado al Dios que transforma, envía y sostiene fielmente?
¿Cuál es tu experiencia fundante de Dios? Identifica y comparte un acontecimiento o experiencia que te haya transformado, o al que vuelvas cuando te enfrentas a dificultades y preguntas.
Volver al momento de nuestra gracia fundacional — personalmente y como comunidad/familia (colegios, centros sociales o lugares de misión)— nos permite, como María Eugenia, ser continuamente renovados en la fe/celo y comprometernos de nuevo firmemente con la misión que se nos ha confiado en el momento presente de nuestra historia. En esos comienzos sagrados hallamos los recursos espirituales que hoy necesitamos: fuentes de sanación, de renovación y de esperanza para construir una sociedad cada vez más justa, pacífica y profundamente enraizada en el Evangelio. ¡Procuremos vivir de modo que Santa María Eugenia sonría al vernos!
Con todo mi afecto y oración,
Rekha M. Chennattu, RA
Sister General
[1] Carta de Santa María Eugenia al Padre Picard, No. 1509, 8 de noviembre de 1862. Este texto se encuentra también en los archivos de los Padres Asuncionistas, numerado como CL.DL N° 103.
[2] Carta de Santa María Eugenia al Padre Lacordaire, Vol. VI, No. 1501, con fecha de 13 de diciembre de 1841.
[3] Carta al Padre Picard, No. 1509, con fecha de 8 de noviembre de 1862.
[4] Carta al Padre Lacordaire, Vol. VI, No. 1501.
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