Muchas personas conocen la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, pero no siempre entienden qué significa realmente. Y la respuesta es más sencilla y más actual de lo que parece.
El Sagrado Corazón habla de la forma en que Dios ama. No de un amor teórico, sino de un amor que se implica, que permanece, que perdona y que sigue apostando por las personas incluso cuando estas fallan.
En un mundo donde las relaciones pueden ser rápidas, superficiales o condicionadas por lo que aportamos, el Corazón de Jesús nos muestra otra lógica: la de un amor que no se gana, sino que se recibe.
Todos tenemos algo que organiza nuestras decisiones: el trabajo, el éxito, la aprobación de los demás, la familia, los proyectos personales o incluso nuestras preocupaciones.
Madre Maria Eugénia, proponía una pregunta muy directa: ¿qué ocupa el centro de tu corazón?
Para ella, la vida espiritual no consistía en acumular prácticas religiosas, sino en dejar que Cristo fuera el punto de referencia desde el que mirar la realidad. Cuando eso ocurre, las prioridades se ordenan de otra manera y muchas decisiones se vuelven más claras.
Un ejercicio sencillo: al final del día, pregúntate qué ha ocupado más espacio en tus pensamientos. La respuesta suele revelar dónde está tu corazón.
A menudo asociamos el amor con emociones intensas. Sin embargo, Marie Eugénie entendía el amor a Dios como algo mucho más concreto: la fuerza que impulsa nuestras acciones.
Ella invitaba a preguntarse si el amor era realmente el "resorte principal" de todo lo que hacemos.
Antes de responder un mensaje con enfado, tomar una decisión importante o reaccionar ante una situación difícil, puede ayudar hacerse una pregunta sencilla: ¿esto nace del amor o del ego?
No siempre tendremos la respuesta perfecta, pero la pregunta ya cambia la forma de actuar.
El Corazón de Jesús no invita a encerrarse en uno mismo. Todo lo contrario.
La espiritualidad de la Asunción insiste en que el encuentro con Cristo debe traducirse en algo visible: la forma de trabajar, de acompañar a otros, de construir comunidad y de hacer presente el Reino de Dios allí donde estamos.
No se trata de hacer cosas extraordinarias. A veces empieza por escuchar con atención, ofrecer tiempo a alguien que lo necesita o actuar con coherencia cuando nadie está mirando.
Porque la fe crece cuando pasa del corazón a las manos.
Y quizá la pregunta de este viernes pueda ser qué aspecto de tu corazón necesita parecerse un poco más al suyo.
Almudena de la Torre
Equipo de comunicación
(*) Fotos generadas con Inteligencia Artificial