Nunca ha habido tantas opciones y, sin embargo, pocas veces ha resultado tan difícil elegir. Muchos jóvenes describen hoy la misma sensación: demasiados caminos abiertos, demasiado ruido y la duda constante de estar tomando la dirección equivocada.
Los datos lo confirman a escala mundial. La Organización Mundial de la Salud estima que uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años vive con algún trastorno mental (la ansiedad y la depresión encabezan la lista) y advierte de que el suicidio es la tercera causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 29 años. A ello se suma algo más silencioso: según la Comisión de la OMS sobre Conexión Social, los adolescentes y jóvenes son el grupo que más soledad declara en todo el mundo. Detrás de la hiperconexión late una pregunta muy antigua y muy actual: ¿para qué estoy aquí?
Santa María Eugenia de Jesús, nuestra fundadora, respondía a esa pregunta con una imagen sencilla: mantener «la mirada fija» en un punto que oriente todos los pasos. No se trata de tenerlo todo resuelto, sino de saber hacia dónde apuntar. Cuando sabemos dónde está el norte, las mil decisiones pequeñas dejan de ser un laberinto. Su convicción era clara: nadie está aquí por casualidad; hay un bien concreto que solo tú puedes hacer.
Ella advertía de un riesgo sorprendentemente actual: la «fiebre de querer hacerlo todo». Vivir corriendo nos agota y desorienta. Frente a esto, ella proponía algo a contracorriente: cuidar la vida interior y reservar momentos de silencio y de oración donde volver a encontrarse con uno mismo y con Dios. El silencio no es tiempo perdido; es el suelo firme desde el que después se puede actuar. Y va unido a una fidelidad muy concreta: habitar el presente, sin quedar atrapado en el pasado ni paralizado por el futuro.
A esa soledad que tanto pesa a veces, la espiritualidad de la Asunción responde con el «espíritu de familia»: la certeza de que el camino se recorre mejor acompañado. Amigos, comunidad de fe y adultos que ayuden a discernir lo real de la ilusión. Compartir la búsqueda no la hace menos personal; la vuelve más luminosa.
En una cultura de filtros, María Eugenia invita justo a lo contrario: «ser uno mismo con la mayor plenitud posible». Reconocer los propios dones, asumir la propia historia y raíces, y escuchar esa «aspiración oculta» del corazón (ese deseo de algo más que las pantallas no consiguen llenar). Ahí es donde empieza nuestro camino personal.
Encontrar tu camino sin perderte no significa no tropezar nunca. Significa caminar con una brújula, con silencio, con compañía y con verdad. Como recordaba santa María Eugenia, incluso la propia debilidad, puesta en manos de Dios, puede convertirse en fuerza.
Almudena de la Torre
Equipo de comunicación
(*) Fotos de Pexels. Darina Belonogova y Masi