"Es característico del espíritu de la Asunción, dejar a cada ser su forma particular"
Santa María Eugenia de Jesús
Hay experiencias que marcan profundamente la manera en que entendemos nuestra vocación educativa. Una de ellas, para mí, surgió en un encuentro sencillo: un recreo común donde estudiantes, docentes y hermanas de la Asunción coincidimos espontáneamente en un pequeño círculo para conversar, reír y compartir la vida. Nada extraordinario sucedió, y, sin embargo, al final de esos minutos, todos nos retiramos con un brillo distinto en el rostro. Comprendí entonces que la alegría comunitaria —cuando es auténticamente comunitaria— no es un sentimiento aislado, sino un dinamismo que se expande, que se contagia, que construye.
La alegría se vuelve comunitaria cuando nace del encuentro. En nuestras escuelas, este encuentro se teje entre adolescentes y jóvenes que buscan sentido, docentes que entregan su talento y religiosas que sostienen la misión educativa con su vida. Cuando cada uno se reconoce parte de un nosotros, la alegría deja de ser un regalo individual y se convierte en un bien compartido. En estos pequeños actos —a veces imperceptibles— la comunidad se hace signo visible del Reino: un espacio donde la vida florece, donde las personas se sienten vistas y donde la esperanza se renueva.
En la Espiritualidad Asunción, Santa María Eugenia nos recuerda que la educación no es solo transmisión de conocimientos, sino transformación del mundo desde dentro. Ella soñaba con comunidades que fueran fermento, presencia que humaniza, hogares donde los jóvenes pudieran experimentar que la fe se encarna en relaciones que edifican. Desde esta misión, la alegría adquiere un matiz particular: ya no es solo emoción, sino un modo de situarse frente al mundo; una forma de mirar la realidad, incluso la más difícil, con confianza en que Dios está obrando silenciosamente en medio de nosotros.
He visto esta alegría hecha misión cuando un grupo de adolescentes decide acompañar a un compañero que atraviesa un momento duro; cuando una maestra transforma un conflicto en una oportunidad de aprendizaje; cuando una hermana comparte palabras que devuelven luz y sentido. Cada uno y cada una, desde su rol, aporta a la comunidad un trozo de esperanza. Y ese tejido común, aunque frágil, sostiene y envuelve. Descubrimos entonces que formar comunidad no significa solo reunir personas, sino encender una vida compartida que nos impulsa a ser mejores.
La alegría también se cultiva. No aparece mágicamente: se siembra con paciencia, se riega con confianza y se fortalece con prácticas que elevan el espíritu. En nuestras comunidades educativas, cultivar la alegría implica crear espacios para la gratitud, promover relaciones basadas en la dignidad, y animar la participación activa y corresponsable. Implica reconocer que nadie crece solo y que la misión educativa requiere corazones capaces de celebrar los pequeños avances tanto como los grandes frutos.
Hoy, mirando hacia atrás, reconozco que la alegría que he recibido del Instituto Asunción en las Águilas, Ciudad de México no ha sido solo un consuelo personal, sino un llamado. Un llamado a seguir construyendo ambientes donde cada estudiante pueda descubrir que su vida vale, que su historia importa y que su presencia transforma. Un llamado a vivir, como decía María Eugenia, «dejando a cada ser su forma particular». Porque cuando una comunidad contagia alegría, no solo mejora el clima escolar: se convierte en signo vivo del Reino, un anuncio silencioso pero poderoso de que otro mundo es posible cuando lo edificamos juntos.
Esta alegría compartida también nos invita a revisar nuestras prácticas educativas. ¿Cómo enseñamos? ¿Cómo acompañamos? ¿Cómo sostenemos? Descubro que la alegría se convierte en criterio pedagógico cuando orienta nuestras decisiones hacia aquello que promueve la vida, fortalece la comunidad y despierta lo mejor de cada persona. Una comunidad alegre no evita el conflicto ni niega el cansancio, pero los atraviesa desde la confianza mutua y la certeza de que juntos podemos encontrar salidas más justas, más humanas y más fraternas.
En ese sentido, la misión educativa de la Asunción se vuelve una llamada constante a ser presencia transformadora. No basta con estar: se trata de estar de manera significativa, cercana y alentadora. Cuando educadores, estudiantes y hermanas asumimos la alegría como forma de vida, dejamos de ser simples espectadores para convertirnos en protagonistas de un proyecto común. Y en ese caminar cotidiano, donde lo pequeño y lo grande se entrelazan, nuestras comunidades se vuelven verdaderos talleres del Reino: lugares donde la alegría no solo se experimenta, sino que se siembra, se transmite y se hace camino para otros.
Carlos Enrique Castro Medina
Provincia de Ecuador - México