Mi primera experiencia de semana santa (hace ya casi 20 años) fue una experiencia de servicio y compromiso. Sobre la marcha tuve que aprender ... no solo como vivirla sino como acompañar a otros.
Desde el principio solo tuve preguntas: ¿Qué es lo que estamos realmente celebrando? ¿Qué es la Pascua para mí, o para los demás? … y al mismo tiempo me preguntaba: ¿Cómo entender la fe de los demás? ¿Cómo acompañar sin imponer lo que yo creo? ¿Cómo abrazar la experiencia propia y al mismo tiempo abrazar la historia del otro?
Aún lo recuerdo con la nostalgia del adolescente que era.
Hoy ya con más años encima, lo veo mejor: La fe no se puede vivir sin acción. Una fe que no se comparte, no crece. No florece.
En su momento, fue un verdadero desafío, con mucha incertidumbre e inseguridad.
Pero con cada año que decidía dejar la comodidad de mi ciudad y aventurarme a una comunidad lejana, lo entendía un poco mejor. Con cada pequeño sacrificio, venían lecciones que se quedarían conmigo toda la vida. Con cada nueva experiencia, llegaban amigos en la fe que todavía (al día de hoy) me acompañan.
Con el tiempo, la celebración de la pascua se fue haciendo parte de mi espiritualidad.
Con el tiempo, la semana santa dejó de ser únicamente un misterio. Dejó de ser días de penitencia, reflexión y sacrificio para convertirse en el mejor motivo de celebración: Cristo Resucitado.
La alegría de la resurrección se volvió en encuentro, reflexión … en introspección y oportunidad de renovarse. Cada año, cada vez que lo recordaba … lo volvía a esperar con mucha ilusión.
La comunidad de la Asunción se convirtió en ese vehículo que me acompañó en ese proceso de descubrir y dar sentido a esa resurrección.
Con ellos dejé de verlo como únicamente un sacrificio .. y verlo como un momento de alegría digno de celebración. Una celebración que te compromete con el otro, una invitación a transformar la vida interna y por extensión (con suerte y gracia) la de los demás.
Hoy luego de casi 20 años de mi primera experiencia de semana santa, veo como esa primera aventura moldeó mi espiritualidad. Ahí entendí que la verdadera felicidad es la que nos invita a compartirla. Sin ego, sin egoísmos y sin soberbia. En coherencia con nuestra Fe y el amor de Jesús resucitado.
Gino D. Chiang