« La enfermedad nos impulsa a buscar el rostro de Dios, y el rostro de Dios se encuentra a menudo en el rostro de nuestros hermanos y hermanas que sufren ». Inspirado en las enseñanzas del Papa Francisco. Este año celebramos el 34.º aniversario de la Jornada Mundial del Enfermo. El papa León XIV ha escrito un mensaje alentador para los enfermos, para quienes los cuidan y tienen la responsabilidad de la salud. ¿Cómo se puede cuidar si no hay enfermos? O, al contrario, ¿cómo puede uno dejarse cuidar si no hay nadie que cuide? La enfermedad es indispensable en la vida del ser humano. No es un pecado ni un castigo. En efecto, como dice la Regla de Vida de las Religiosas de la Asunción: « Las hermanas enfermas son una gracia para su comunidad y para toda la Iglesia. En su propia carne completan lo que falta a la pasión de Cristo para la salvación del mundo ». (R.V. 58 §1). Esto significa que estar enfermo es una gracia si se mira desde una perspectiva positiva y espiritual. Por tanto, nos pide una aceptación de nuestros límites y de nuestras fragilidades personales. Estar dispuestos a acogerla para recibir una gracia. Desde el momento en que una persona acepta su enfermedad, no está lejos de su curación, ya se deja cuidar de su enfermedad. Donde hay enfermos, también hay personas que los cuidan. En verdad, ambos se complementan. En la vida podemos encontrar diferentes tipos de enfermedades: pueden ser físicas o espirituales...
El estado de enfermedad es un lugar donde Dios revela su obra, por eso se habla de gracia, de milagro, etc. Se trata de una fe profunda. Como cada año en Lourdes, este lugar sigue siendo un Santuario de esperanza donde la fe y la oración permiten a los creyentes encontrar fuerza y curación. Por nuestra parte, hacia los enfermos, estamos llamados a llevar ánimo, apoyo y compromiso en el cuidado. Es en esta misma línea que el Papa lo ha subrayado en su mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo. Con ocasión de este 34.º aniversario de la Jornada Mundial del Enfermo, nos invita a contemplar la parábola del buen samaritano en Lc 10, 25-37. Esta parábola ocupa un lugar central para quienes tienen la responsabilidad de cuidar. Supongamos que el enfermo se ha abandonado totalmente a la gracia divina para alcanzar una mejor salud. A menudo es imagen de nuestra vida: ¿cuántos de los que sufren o son frágiles tienen la oportunidad de cuidarse como es debido? ¡Es raro! Hagamos como el buen samaritano, que va más allá de lo que es y de lo que tiene. El Papa pone el acento en la compasión y la misericordia. Dice: « la compasión, en efecto, no es solo un sentimiento, sino que se traduce en gestos concretos y en un compromiso compartido, especialmente hacia los enfermos ». Y continúa: desde esta perspectiva, cuidar de los enfermos y de los más frágiles no es un gesto facultativo, sino uno de los signos más claros de la fidelidad al Evangelio. La gracia se derrama sobre quien está dispuesto a acogerla, tanto los enfermos como quienes los cuidan.
Confiémonos, pues, a la intercesión de la Santísima Virgen María, Nuestra Señora de Lourdes, para que nos ofrezca su consuelo y su misericordia. María, en la esperanza de la curación física y espiritual, intercede ante tu Hijo por nuestros enfermos, nuestros seres queridos y todos los que sufren, para que recuperen la salud.