La manera en que utilizamos nuestro tiempo nos define más que cualquier otro aspecto.
Existen grandes diferencias en la valoración del tiempo entre las distintas culturas, lo que nos invita a “hacer lo correcto, en el momento adecuado y en el lugar adecuado”.
En la vida cotidiana, elegimos cómo emplear el tiempo según nuestras situaciones y circunstancias. La comprensión tradicional africana del tiempo difiere de la visión occidental. El tiempo africano está más orientado al acontecimiento que al reloj. Se vincula a hechos y actividades reales, especialmente allí donde se dan interacciones sociales: se prioriza el evento, no su duración; el inicio o el final resultan menos relevantes.
Personalmente, como religiosa africana, experimento el tiempo de dos maneras distintas. Por ejemplo, cuando utilizo un autobús como medio de transporte, el conductor o el cobrador me aseguran que saldrá en cinco o diez minutos. Este tiempo de espera no se percibe como una pérdida, sino como una oportunidad de interacción con otros pasajeros. Se convierte en un espacio de intercambio de noticias y comentarios sobre la actualidad. Consciente o inconscientemente, como africanos tenemos un cierto grado de tolerancia a la tardanza. Sin embargo, en el ámbito profesional estoy llamada a respetar los horarios: valoro el tiempo lineal y acudo al trabajo a la hora acordada. Informes, citas médicas, entrevistas, plazos o exámenes académicos se cumplen sin concesiones. Lo mismo ocurre en mi vida religiosa: los tiempos establecidos para la oración, la vida comunitaria, la planificación, las comidas y la misión diaria deben respetarse.
Cuando visito a mi familia en una zona rural, experimento una realidad distinta respecto al tiempo. Para la mayoría, no es necesario un reloj para saber la hora. La posición y el tamaño de las sombras, el canto de los pájaros, la ubicación del sol, la sensación del aire, el ganado que va a beber o regresa al hogar, el primer, segundo o tercer canto del gallo, el color anaranjado del sol al atardecer, la aparición de la luna y las estrellas, o ciertas flores que se abren y se cierran a horas concretas del día indican el momento. Durante los primeros días me siento desorientada y percibo una aparente desorganización o lentitud en las actividades familiares. Pero no es así: el ritmo de la vida fluye. La naturaleza nunca tiene prisa y, sin embargo, todo se realiza y se cumple. Recuerdo con claridad cuando comencé a preparar la cena y me dijeron: “Las gallinas aún no han vuelto”, lo que significaba que todavía era pronto para cocinar.
Durante los encuentros religiosos o sociales, existe un fuerte sentido de comunidad. Las personas se conocen entre sí, el ritmo es pausado, no hay urgencia. El presente, el ahora, es sagrado y de gran valor: un tiempo para construir relaciones, reencontrarse y fortalecer la solidaridad.
El tiempo africano nos invita a: «PARAR Y RESPIRAR».
Por Hna. Nancy
Provincia de África del Este