Este domingo 17 de mayo celebramos la LX Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, una fecha que la Iglesia dedica cada año a reflexionar sobre cómo nos comunicamos, qué transmitimos y, sobre todo, desde dónde lo hacemos.
El Papa León XIV ha elegido como tema de este año una invitación profunda y urgente: «Custodiar voces y rostros humanos». En su mensaje, el Santo Padre señala que el rostro y la voz son sagrados porque reflejan la imagen de Dios en cada persona. No son datos, no son perfiles, no son contenido: son el lugar donde Dios se hace visible en el otro. Y hoy, en un mundo donde la inteligencia artificial puede simular voces, fabricar rostros y generar palabras sin alma, custodiar esa humanidad en la comunicación se convierte en un acto profundamente espiritual.
Puedes leer el mensaje completo del Papa León XIV aquí.
Cuando leemos el mensaje del Papa, no podemos evitar reconocer en él el eco de algo que nuestra fundadora, Santa María Eugenia de Jesús, comprendió con claridad hace más de ciento cincuenta años.
Para ella, la comunicación nunca fue solo un intercambio de información. Era, ante todo, una forma de testimonio. Sostenía que se puede ser apóstol «incluso por un gesto, por un pliegue del velo»: que la presencia de Dios en el alma se manifiesta en el porte, en la mirada, en la manera de escuchar. Lo que el Papa llama hoy «custodiar el rostro humano», María Eugenia lo llamaba vivir desde la interioridad hacia afuera.
Ella también advertía sobre el peligro de las palabras vacías, de la «palabrería inútil» que, en lugar de construir, dispersa y «ahuyenta al Espíritu Santo». En su tiempo no existían los algoritmos, pero sí existía la tentación de llenar el silencio con ruido, de opinar sin reflexionar, de comunicar sin antes escuchar. El Papa León XIV habla hoy de plataformas que «premian emociones rápidas y penalizan la reflexión»: ¿no es eso, exactamente, lo que María Eugenia quería evitar en cada conversación?
Y sobre todo, nuestra fundadora entendía algo que el mundo digital ha vuelto a poner sobre la mesa: que para escuchar la Palabra que habla dentro, hay que cerrar las ventanas al ruido de fuera. «Dios es silencio», decía. «Para escuchar su voz, es necesario silenciar el ruido interno de nuestras propias pasiones y agitaciones.» Custodiar nuestra voz interior: la que Dios nos ha dado, requiere ese silencio valiente al que pocas veces nos atrevemos.
El Papa nos invita a no «silenciar nuestra voz» ni «ocultar nuestro rostro» cediendo nuestras funciones mentales y creativas a las máquinas. Para nosotras, desde la espiritualidad asuncionista, esto tiene una dimensión concreta: cada vez que comunicamos con autenticidad, con caridad, con verdad y con el alma presente, estamos haciendo apostolado.
No hace falta grandes medios ni grandes palabras. María Eugenia valoraba las palabras «dulces y firmes», la franqueza absoluta, la escucha generosa. Valoraba que una profesora enseñara a sus alumnas a expresarse «con sencillez y fluidez», porque esa capacidad de comunicarse bien es un puente de relación entre las personas. Comunicar bien (con el propio rostro, con la propia voz, desde la propia experiencia de fe) es, en el espíritu de la Asunción, una forma de caridad.
En este día, la Iglesia nos invita a preguntarnos: ¿desde dónde comunicamos? ¿Desde la prisa o desde la presencia? ¿Desde el ruido o desde el silencio interior? ¿Desde la imagen construida o desde el rostro real?
Santa María Eugenia nos recuerda que la comunicación más poderosa nace de una interioridad trabajada, de un alma que ha escuchado primero antes de hablar. El Papa León XIV nos recuerda que esa interioridad, ese rostro y esa voz que Dios nos ha dado, merece ser custodiada frente a todo lo que amenace con hacerla desaparecer.
Que este domingo sea una oportunidad para comunicar con más alma, con más presencia y con más amor.
«Se puede predicar incluso por un gesto, por un pliegue del velo.» — Santa María Eugenia de Jesús
Almudena de la Torre
Equipo de comunicación