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La economía al servicio del carisma y de la misión… cuando nos interpela la Iglesia

L eventMartes, 24 Noviembre 2020

Han pasado ya dos años de que la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (CIVCSVA) publicara el documento: “La economía al servicio del carisma y de la misión” (ESCM). Este documento es una interpelación, ciertamente en primer lugar, para las congregaciones, pero también para todos nosotros, en cuanto a nuestra manera de situarnos en un mundo en el que la economía parece tan predominante.  

Durante la sesión de ecónomas provinciales (en Auteuil del 13 a 23 de octubre) citamos este texto muy a menudo). Mas recientemente, la crisis de la pandemia del COVID 19, ha sido una nueva ocasión para dejarnos cuestionar por él.

Dejemos resonar algunos extractos:

«La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos».  Las personas consagradas con su opción por la pobreza son testigos vivos y creíbles de “la sobriedad que se vive con libertad y su con- ciencia es liberadora. No es menos vida, no es una baja intensidad, sino todo lo contrario” ESCM 8

La experiencia del período de confinamiento que hemos vivido en nuestros diversos países ha sido para algunos un redescubrimiento tangible de esta “vuelta a la simplicidad que nos permite pararnos”. Volver a lo esencial, gustar de las cosas pequeñas, que nos baste lo que tenemos … Se trata del ejercicio y de la conquista de nuestra verdadera libertad interior es la experiencia de la carencia o del “menos” escogida voluntariamente para ayudarnos a recolocar las cosas en su perspectiva, a desprendernos de dependencia que insidiosamente se han infiltrado en nuestro cotidiano.  Son tantas invitaciones e interpelaciones para tener más vida, cuando nos estábamos dejando llevar por el ritmo desenfrenado de la eficacia y de la eficiencia.

“Esta atención en poner en el centro a la persona […] señala la necesidad de sobrepasar de continuo una mentalidad funcionalista dentro de las comunidades también”. “Pensar la economía significa estar metidos en un proceso de humanización que nos hace personas en el sentido más pleno del término, conscientes de sí mismas y de su relación-misión en el mundo: «Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo». ESCM 13 et 14

Y aplaudiendo días tras día a los médicos y enfermeras, pero también a todas las personas al servicio de nuestra sociedad, desde la cajera del supermercado al personal encargado de la limpieza de las calles, ¿no hemos tomado una mayor conciencia de nuestro estar interconectados, de nuestra interdependencia, de la misión propia de cada uno?  Es una cuestión de ser y no de hacer, una invitación a convertir nuestra mirada sobre los demás y sobre nosotros mismos.

Tenemos que un testimonio que dar: el de considerar a cada persona por lo que es, antes que por su utilidad o función. En este sentido seamos hijos e hijas de María Eugenia: “Dios, que ha creado la naturaleza humana y la ha hecho a su imagen, ama esta obra de sus manos. Para atraer su mirada y su amor, no es necesario que la criatura esté dotada de belleza, de grandeza, de inteligencia, de todas las quimeras que cautivan la atención de la persona. La existencia más humilde, la más oscura, la más despreciada, tiene un interés profundo para Dios” (Capítulo 28 de diciembre 1879. La importancia de la vida)

“Si el ámbito de la economía es instrumento, si el dinero debe servir y no gobernar, entonces es necesario mirar al carisma, la dirección, los propósitos, al significado y a las implicaciones sociales y eclesiales de las opciones económicas. […]Así, toda decisión económica tiene consecuencias de carácter moral”. ESCM 14 et 15

Cuando hablamos de decisiones económicas, a menudo nos imaginamos grandes cosas fuera de nuestro alcance. Sin embargo, cada acto de nuestra vida cotidiana, incluso el más insignificante, tiene su impacto económico: la opción de la tienda en la que compramos, el país de origen del artículo que compramos, el respeto por las horas de trabajo de la persona que nos hace la limpieza, el reciclaje del agua utilizada, el cuidado de lo que poseemos, el reciclaje y tratamiento de los desperdicios y de la basura… la lista sería infinita.

En estos últimos años, muy frecuentemente, nuestra atención a las cuestiones de justicia y de respeto de la creación ha sido el centro de las conversaciones y discusiones.  Sabemos también cuánta distancia hay entre nuestro deseo de coherencia y nuestros actos concretos y costumbres. Sin embargo, hoy somos testigos de ello, poco a poco se percibe una conversión de mentalidades, ¡tengamos esperanza!, no hay esfuerzo inútil, por pequeño que sea.  Así, desde nuestro carisma, podremos seguir profundizando la orientación y finalidad de lo que buscamos, interrogándonos sobre nuestras costumbres y prácticas.  Por ejemplo, cuando escogemos sostener un tipo de proyecto, los esfuerzos que hacemos a nivel económico, ¿están en relación con nuestro deseo de incrementar la vida, de educar? En el post-COVID 19, no faltan muestras de cómo seguir abriendo el acceso a nuestros colegios de los niños de las familias más golpeadas económicamente. ¿Cómo vamos a implicar a los alumnos y también a las familias, en la reflexión sobre un consumo diferente? ¿Qué solidaridad concreta podremos tener con los emigrantes en un momento en que el mercado de trabajo parece cerrarse más…? De esta manera también nosotros podremos participar en el crecimiento de un mundo más justo y fraterno, según el deseo de Dios para toda la humanidad.

 

 (Licencia de la foto: www.freepik.es)