Niña de Dios, por nuestro bien nacida; tierna, pero tan fuerte, que la frente, en soberbia maldad endurecida, quebrantasteis de la infernal serpiente. Brinco de Dios, de nuestra muerte vida, pues vos fuisteis el meollo conveniente, que redujo a pacífica concordia de Dios y el hombre la inmortal discordia. La justicia y la paz hoy se han juntado en vos, Virgen santísima, y con gusto el dulce beso de la paz se ha dado, ara y señal del verdadero Augusto. Del claro amanecer, del sol sagrado sois la primera aurora; sois del justo gloria; del pecador, firme esperanza; de la borrasca antigua, la bonanza (…) sois el brazo de Dios, que detuvisteis de Abrahán la cuchilla rigurosa, y para el sacrificio verdadero nos distes el mansísimo Cordero.
Este poema de Miguel de Cervantes, con un lenguaje propio del siglo XVI, nos ilustra, con la belleza de sus palabras, qué significa para nosotros, los creyentes, el nacimiento de la Virgen María.
Ojalá que, al profundizar en la fiesta del 8 de septiembre, nos dejemos «animar por el propósito de encarnar el amor de Dios en la trama concreta de la historia».
Cervantes elogia a María como la Niña de Dios que ha nacido por nuestro bien, y alaba su nacimiento. María trae esperanza; en su seno se abrazan la humanidad y la divinidad de Jesucristo. Al ser llamada la primera aurora, María es luz y también oportunidad para el pecador. Es el brazo de Dios, que acunó, cuidó, alimentó, educó y acompañó a su Hijo, el Cordero de Dios.
Cada 8 de septiembre, la Iglesia celebra una de sus tradiciones marianas más antiguas y especiales: el nacimiento de la Virgen María. Junto a las de Jesús y san Juan Bautista, esta es una de las tres únicas «natividades» que conmemora el calendario romano, y marca el momento en que la salvación prometida por los profetas empezó a hacerse realidad. La tradición cree que su origen está ligado a la fiesta de la dedicación, en el siglo IV, de una antigua basílica mariana de Jerusalén, sobre cuyas ruinas se construyó, en el siglo XII, la actual iglesia de Santa Ana. Desde que el papa Sergio I oficializó su culto en Roma, en el siglo VIII, esta festividad nos recuerda la fe sencilla de una familia que confió plenamente en Dios.
Al conmemorar el nacimiento de María, la Madre de tantas advocaciones diferentes, la Iglesia constata el gran amor del pueblo de Dios, de cada creyente, por María. María está viva y presente en la vida de cada uno de nosotros: en nuestro nombre y en nuestro Misterio como Religiosas de la Asunción; en las capillas, ermitas y cuadros que hablan de su vida. Una estampa, una medalla, recuerdan lo que escribió san Juan Damasceno:
Tenemos razones muy válidas para honrar el nacimiento de la Madre de Dios, por medio de la cual todo el género humano ha sido restaurado y la tristeza de la primera madre, Eva, se ha transformado en gozo.
Hoy emprende su ruta la que es puerta divina de la virginidad. De Ella y por medio de Ella, Dios, que está por encima de todo cuanto existe, se hace presente en el mundo corporalmente… Sirviéndose de Ella, Dios descendió sin experimentar ninguna mutación o, mejor dicho, por su benévola condescendencia apareció en la Tierra y convivió con los hombres.
Al recordar tu nacimiento, nos resulta imposible no acordarnos de toda tu vida entregada. Al recordar tu nacimiento, Señora Nuestra, damos gracias porque, una vez más, una vida que no se cierra en sí misma da mucho fruto. Así que ¡feliz cumpleaños! a la Madre que albergó en su seno al bendito fruto, Jesús. Dicho en corto y por derecho, hoy la tradición y la poesía me han recordado bellamente que podemos cantar, con gritos de júbilo, como pueblo de Dios: ¡feliz cumpleaños, Señora Nuestra!
Ana Alonso, r.a.
Comunidad de León