¿Te parece importante la orientación? ¿Y tú, cómo te orientas? Y, por último, una pregunta más: ¿te dejas orientar?
Cuando tengo la oportunidad, el día de santa María Eugenia me gusta rezar con los pequeños e irles contando lo que significa el escudo de la Asunción, que llevan bordado en el uniforme, encima del corazón. Hay escudos que orientan nuestra pasión, focalizan nuestra mirada, dan vigor al hacer de nuestras manos, iluminan nuestro entendimiento y nos ayudan a rezar.
Ahora es fácil orientarse. Nuestro teléfono y la aplicación correspondiente nos ayudan a ello. Y, si no eres muy hábil utilizando la tecnología, siempre puedes preguntar a otro transeúnte, a otro caminante o a un conductor que te eche una mano.
Cuando pienso en la espiritualidad de santa María Eugenia y buscaba cómo escribir acerca de ella, me han venido a la memoria algunos instrumentos de navegación y orientación que se utilizan desde la antigüedad y que, a su manera, son los precursores de los modernos sistemas.
El astrolabio es un instrumento que antiguamente se utilizaba para determinar la posición de los astros. Nuestra espiritualidad del Solo Dios nos ayuda a alabar, bendecir y contemplar a Dios en la creación, en cada criatura y en la historia. El astrolabio, al mirar al cielo y a los astros, ayuda a navegar. Sí, mirar al Cielo para vivir y llegar a buen puerto.
¡Ojo! Nuestra espiritualidad no solo mira al cielo.
Al pisar tierra firme, la tierra que habita el Hijo de Dios… «El Verbo se encarnó», cantamos con la alegría de hijos en el Hijo en las celebraciones de Navidad.
Y aquí entra en escena la brújula, siempre apuntando al norte. Nuestro norte, en nuestra espiritualidad, es Jesucristo. Está claro: así lo rezamos, así lo cantamos y así lo deseamos transmitir en nuestra misión de educación transformadora. «Todo viene de Jesucristo, todo pertenece a Jesucristo, todo debe ser para Jesucristo».
Cualquiera que inicia un camino, un viaje, tiene que preparar el equipaje. Dependiendo de nuestras responsabilidades, a veces tenemos que pensar el avituallamiento para muchos. Lo que está claro es que, en la Asunción, nuestra Santa nos hablaba del desprendimiento gozoso.
¿Desprendimiento gozoso? Es la actitud que permite ver todo desde la perspectiva del amor y la bondad de Dios. Nos ayuda a crecer en la libertad interior y a ponernos a disposición del soplo del Espíritu.
La rosa de los vientos, pintada en los mapas, despliega sus brazos hacia los cuatro puntos cardinales, los puntos intermedios y la dirección de los vientos. ¿Y qué tiene que ver con nuestra espiritualidad? Los cuatro puntos cardinales representan el mundo, los lugares, pasados y presentes, a los que nos ha llevado la misión de extender el Reino de Jesucristo.
La tierra cartografiada en los mapas es aquella en la que tenemos que abrir el surco y echar la semilla en su Nombre. Una tierra que no es un lugar de exilio, sino una tierra que da gloria a Dios. Una tierra que estamos llamados a cuidar, porque sin ella no hay hogar, no hay hermanos. Y los vientos son el soplo del Espíritu, que ha hecho y hace posible encarnar la Palabra en la historia de cada lugar.
Toda orientación necesita un estilo de navegación que se adapte a las condiciones del momento. Hay ratos de mirar y contemplar el horizonte y otros de remangarse y ponerse a faenar. Hay caminos tranquilos, aguas mansas o playas donde muchos de nosotros hemos dejado nuestra barca para cantar: «Te seguiré». En nuestro camino de seguimiento, María Eugenia nos llama a ser Marta y María. Marta: en la acción de educar, de mirar a cada persona como criatura, de formar la inteligencia desde la fe y la razón, de transformar el mundo con los talentos de cada uno. Y María: hombres y mujeres de fe, de contemplación y de alabanza.
No se nos puede olvidar que la Liturgia de las Horas marca nuestro ritmo y que las palabras de los salmos nos unen a Cristo y a toda la humanidad. Somos Marta y María, dos mujeres que cultivaban el espíritu de familia con su acogida y experimentaron el Nada sin la fe (lema de su familia).
Caminando, peregrinando o navegando… da igual. Somos herederos de una mujer que jugó en el campo de la Iglesia desde la experiencia de su Primera Comunión, desde su conversión en Notre-Dame, más allá de las incomprensiones o las dificultades. Ella quería a la Iglesia.
«Dejarás todo para servir a esta Iglesia que no conoces todavía». La conoció, la experimentó y la amó. Con un amor verdadero, alejado de imágenes idílicas. «…debéis amar a la Iglesia con un amor ardiente que transmitiréis en vuestra oración y en vuestra acción» (Inst. 5.5.1878).
Este deber es para todos los que somos Asunción, porque en la Asunción se vive en comunidad, se extiende el Reino con otros y se trabaja en diferentes equipos. ¡Y cada uno con su gracia particular!
Y san Bernardo nos dice dónde mirar, con nuestros ojos, nuestros particulares y propios astrolabios, para no zozobrar: «no quites los ojos de la luz de esta Estrella; ¡invoca a María!».
Sin duda, nuestra espiritualidad nos orienta… ¿No te parece?
«Toma y lee» es la famosa frase que llevó a la conversión a Agustín de Hipona. Así que, si quieres seguir profundizando en la espiritualidad de santa María Eugenia, aprópiate de la máxima de san Agustín. Tienes sus escritos, la página web, las revistas y la posibilidad de dialogar con laicos y hermanas que orientan su vida con los instrumentos propios de la espiritualidad de la Asunción.
Ana Alonso, r.a.