¿Quién de nosotros no experimenta que el tiempo va muy rápido? A lo mejor si cierras los ojos, eres capaz de recordar algo que ha guardado tu corazón del día de Pascua, o algo que te haya sucedido durante estos cincuenta días que hable de Vida. O te encuentras maravillado al pertenecer a una comunidad de creyentes que se mantiene fiel y que busca a Dios. Y descubres, así, asombrado en tu cotidiana realidad, porque ya han pasado cincuenta días y ¡estamos celebrando Pentecostés!
“Sin el soplo espiritual todas las fuerzas vivas se secan” (Santa Hildegarda de Bingen). “Pedid y recibiréis”, “buscad y encontraréis”. Es el mismo Jesús el que nos invita a pedir y a buscar. En esta Solemnidad ¿qué podemos pedir? La respuesta resulta obvia ¡el Espíritu! Necesitamos la unción del Espíritu, esa que reciben los confirmandos, para ser testigos de Cristo en el mundo. Necesitamos que con su fuego, infunda calor de vida en nuestro hielo. El fuego del Espíritu enciende nuestros corazones para caminar por el sendero del amor a Dios y al prójimo.
Si levantamos los ojos al cielo, contemplamos la luz y las nubes, otros dos símbolos del Espíritu. Desde las teofanías del Antiguo Testamento, la Nube —unas veces oscura y otras luminosa— revela la presencia del Dios vivo y salvador. La Nube y la Luz siempre presentes en nuestra Historia de Salvación: en el Sinaí, en la Tienda del encuentro, en la Anunciación, en el Bautismo de Jesús, en la Transfiguración y en la Ascensión.
Otro símbolo del Espíritu es el sello, que habla de unión y de pertenencia imborrable. Cristo está marcado con el sello de Dios y nosotros hemos sido sellados con el sello de Jesucristo. También la mano es el símbolo del Espíritu, un gesto que la Iglesia conserva en las epíclesis sacramentales. ¿Qué significa esto? “Epíclesis” significa “invocación sobre” y es la súplica mediante la cual el sacerdote pide al Padre que envíe el Espíritu.
A veces sentimos que el Espíritu Santo pasa desapercibido en nuestro día a día y también en nuestra oración. Sin embargo, este don de Dios, que sopla hacia donde quiere y cuyo rumor escuchamos, es la promesa del Padre. Podemos pedir el soplo, la Ruah, e invocarlo como Paráclito y Consolador, Espíritu Santo de la promesa y de adopción.
Por medio del Espíritu que se nos ha infundido, somos reconocidos como hijos adoptivos de Dios. Las cartas de San Pablo nos recuerdan cómo la Santa Trinidad actúa en nuestra vida y que los cristianos no podemos vivir sin el Espíritu de Dios.
Todos conocemos las persecuciones que sufren muchos de nuestros hermanos cristianos. Podemos pensar y rezar por ellos para que el Espíritu de Dios los sostenga y consuele en sus sufrimientos y ultrajes. (Cf.1Pe 4,14).
Para que nuestra fuerza no se apague pide el don de ciencia, que nos ayuda a reconocer a Dios en las maravillas de su Creación. ¡Asómbrate!
Que el don de sabiduría te ilumine para ver, juzgar y actuar en tu lugar de vida y de misión.
Para que tus palabras no sean un recetario de frases hechas, pide el don de consejo y deja que el Espíritu inspire en ti palabras de vida.
Cuando solo veas oscuridad, dolor, tentación o desgracias, invoca el don de fortaleza.
El papa Francisco explicaba así el don de Piedad: «es nuestra amistad con Dios, que nos ha dado Jesús, una amistad que cambia nuestras vidas y nos llena de entusiasmo y alegría».
Como hijos e hijas de Santa María Eugenia, necesitamos pedir el don de entendimiento para entender y mirar el mundo más allá de las apariencias.
Y para abandonarte como un niño en brazos de su madre, con una confianza infinita, invoca el don de temor de Dios.
¡Ven, Santo Espíritu! Enciende en nuestros corazones el fuego de tu amor para que transitemos los caminos y el bullicio de nuestras vidas en compañía del Dios, uno y trino. ¡Sopla tu aliento, Señor!
Ana Alonso,ra
Comunidad de Ponferrada, Provincia de España