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R eventMartes, 04 Agosto 2026

Mi viaje por el Asunción de Querétaro

 

Antes de iniciar, vale la pena detenernos en la historia: este 2026, el Instituto Asunción de Querétaro celebra su año jubilar número 60.

Todo comenzó con un grupo de familias queretanas que, conociendo la labor de las Religiosas de la Asunción en la Ciudad de México, deseaban que sus hijas recibieran esa misma formación. Tras conversar con las hermanas y compartir el mismo propósito, adaptaron una casa para un grupo reducido de alumnas en los niveles básicos. El auge fue tal, que pronto expandieron sus instalaciones al terreno de enfrente. Mudaron la Educación Personalizada y Comunitaria a su sede definitiva: un pulmón ambiental de cinco hectáreas con amplias áreas verdes y espacios abiertos, ubicado justo al lado de los emblemáticos Arcos de Querétaro.

Aunque en sus orígenes nació como una escuela para mujeres, con los años el IAQ se transformó en un colegio mixto, respondiendo con flexibilidad a las necesidades de su tiempo. A lo largo de estas seis décadas, el Colegio ha sobrevivido a crisis económicas, transiciones generacionales y, recientemente, el enorme reto de la pandemia y la educación digital, demostrando que su estructura no depende de las paredes físicas, sino de los vínculos humanos, el crecimiento espiritual y esa resiliencia que caracteriza a nuestra comunidad.

¿Por qué es necesario este antecedente? Porque yo soy parte de esa historia.

Llegué un 10 de enero de 2020 cubriendo dos secciones (secundaria y preparatoria) en un ciclo escolar que ya llevaba un semestre de avanzado. Ingresé a una pedagogía distinta a mis experiencias previas, tuve que desempolvar los libros de los modelos educativos integradores y reinventarme sobre la marcha.

Durante ese proceso de adaptación, se escuchó en las noticias la presencia de un virus al otro lado del mundo. Creí —como tantos— que el resguardo sería temporal, una breve pausa para regresar con toda la energía al cierre del ciclo escolar. La sorpresa fue un confinamiento de año y medio que dictó reglas completamente nuevas y nos obligó a mudar la vida al plano digital. Recién llegada, me enfrenté a los tropiezos de una modalidad que volvía difusa la frontera laboral, una extrañeza que estoy segura de que me entiendes.

Sin embargo, en medio de esa interacción mediada por píxeles y la falta de vínculos tangibles, el verdadero reto no fue técnico sino humano: aprender a sostener el propósito de acompañar a pesar de la distancia. Así, al regresar finalmente a la presencialidad, nos topamos de frente con las herencias pandémicas, transitando de la pantalla a una nueva forma de convivir y de asimilar los contenidos bajo formatos de enseñanza que seguían resultando nuevos.

Con el paso de los meses, los cambios no han dejado de hacerse presentes. Así como la Asunción ha visto pasar por su camino a varias generaciones de estudiantes con quienes se crea un recuerdo que deja huella, para mí esta experiencia no solo se ha construido con quienes habitan los pupitres, sino con aquellos con quienes colaboro día a día. La vida nos recuerda que los rumbos de las personas no siempre terminan en el mismo lugar ni en el mismo tiempo; coincidimos en un espacio y luego el camino se bifurca, pero hoy aprendo a agradecer esas coincidencias.

Te soy honesta: nunca imaginé que el valor de la amistad estuviera tan presente en las relaciones que he construido aquí, nacidas del simple hecho de querer en libertad. He aprendido a extender mis formas de cariño, tanto a la distancia como con aquellos con quienes sigo compartiendo la jornada, valorando al grupo que provoca el DESES-TRESS o caminar a la par de la mejor GUERRERA.

Entre reformas institucionales y movimientos naturales, actualmente mi lugar pertenece solo a los adolescentes de Secundaria. Los cambios no son únicamente internos, sino también físicos. Más allá de las transformaciones normales dentro de un centro de trabajo, he mudado varias veces mi oficina, llevando conmigo la esencia de crear un espacio tipo «relax lounge»: un rincón donde la gente pueda sentarse, disfrutar de la comodidad y encontrar contención.

A la par de las mudanzas físicas, aparecen aquellas transformaciones internas que el tiempo nos exige. Hoy mi labor ante la brecha generacional —tanto con los adolescentes de esta época como con los millennials que se integran como colaboradores— va más allá de la simple adaptación. El verdadero reto psicoformativo es tender puentes de comprensión mutua: descifrar sus códigos y formas de ver la vida, no para mimetizarme con ellos, sino para guiar con mayor claridad, modelar la práctica psicopedagógica y coordinar esfuerzos hacia una misma meta. Se trata de asegurar que nuestras diferencias se conviertan en la riqueza con la que sostenemos y acompañamos a la comunidad. ¡Vaya reto!

En medio de todo esto, la Asunción no solo ha sido el escenario de mi evolución profesional, sino el espejo de mi propio crecimiento; me ha permitido ser parte de la evolución de la vida que transita hacia nuevos retos y asume responsabilidades llenas de esperanza. Y ni qué decir del crecimiento espiritual, que esa es otra de las grandes aventuras.

Este viaje por la Asunción no ha sido sencillo, pero abrazar el momento es lo que lo hace sostenible. Ofrecer mis servicios aquí —así como en la vida cotidiana— significa moldearme conforme al entorno, aprender de la incertidumbre y reinventarme sobre la marcha. Hoy sé que mi labor no se detiene ante los cambios de formato; tengo la versatilidad de moverme con fluidez entre el ambiente digital y el presencial, porque he aprendido que el verdadero reto nunca es técnico, sino humano. En sintonía con Madre María Eugenia, procuro mantener «la mirada abierta a las necesidades de nuestro tiempo», sosteniendo el propósito del acompañamiento a pesar de cualquier distancia.

Estar aquí es agradecer las coincidencias y aprender a querer a las personas en libertad. Al ser Asunción, me convierto en un canal que crea vínculos, que ofrece un espacio donde juntos asumimos los retos del presente y transformamos el ambiente en un lugar habitable.

Reconocer que soy parte de los sesenta años de historia de la Asunción en Querétaro me llena de orgullo y de perspectiva, al saber que esto aún no está escrito del todo, porque el camino continúa.

Marlé Uribe Ortiz

Psicopedagoga del Instituto Asunción de Querétaro