Los adultos tenemos un problema serio: hablamos con ustedes, jóvenes, siempre haciendo referencia al pasado como algo mejor. Quiero decirles que no es cierto. Con la edad, uno tiende a idealizar lo que le tocó vivir. Quiero pedirles una disculpa. «Amar nuestro tiempo» (santa María Eugenia) es fundamental. ¡Ustedes viven un tiempo extraordinario! La esperanza de vida es alta, así como el acceso a mejores tratamientos y medicamentos; la tecnología se ha vuelto una herramienta increíble para facilitar la vida diaria; los temas de conversación que antes eran tabú se han vuelto cotidianos, favoreciendo diálogos más honestos y claros; hay una conciencia abierta sobre la diversidad humana —desde lo sexual hasta lo ideológico— y la importancia del respeto irrestricto a la dignidad de cada ser humano; la globalización abre puertas de estudio y de desarrollo profesional como nunca antes; su reflexión ecológica es acción. ¡En verdad, cuántas bendiciones!
Parece un optimismo poco realista; más bien, a esta síntesis de la actualidad le falta reconocer los retos que tiene, pues existen en todas las épocas. Los retos que a ustedes les toca enfrentar son fuertes, y hay que reconocerlos para asumirlos y vivirlos de la mejor manera.
La sobreexposición a lo digital es uno mayúsculo. A diferencia de algunos adultos, ustedes pueden ver, escuchar y casi sentir, de manera continua, todo tipo de información y contenidos que bombardean la mente, el cuerpo y el espíritu. De lo que elijan escuchar, ver y experimentar depende en gran medida su salud mental, social y emocional. Es algo muy complejo, y han de ser muy inteligentes para elegir bien. Tengan especial cuidado con los contenidos sexuales altamente erotizados; con los contenidos violentos, altamente grotescos; con los contenidos racistas, altamente equivocados; con los contenidos ideológicos altamente contaminados; y con los contenidos consumistas altamente manipulados.
Si no cuidan lo que eligen y no filtran todo aquello a lo que están expuestos, este bombardeo se llevará lo mejor de cada uno: su vida, su salud, su equilibrio mental y emocional; y dependerán de lo externo para sentirse valiosos y dignos de ser amados. No hay peor error. Cada uno es amado hijo de Dios desde su concepción, y Él quiere que vivas saludable, pleno, con proyectos de vida (no de muerte), con relaciones sanas y amorosas, en ambientes seguros y felices. Él te da todas las capacidades y talentos para lograrlo… depende de ti y de tus decisiones diarias.
Una vida espiritual profunda, consciente de tu trascendencia, es una base fundamental para lograrlo, junto con cuidar tu alimentación, hacer ejercicio y responsabilizarte de lo que te toca en casa, la escuela, el trabajo y la comunidad. Vive experiencias presenciales significativas: voluntariados, misiones, retiros, compromiso con una ONG; desarrolla tu vocación con sentido de servicio, trascendencia y esperanza.
Aparejado a este reto está el mantenerse congruente; es decir, que no haya conflicto interno por discrepancias entre lo que sientes y lo que expresas, lo que haces y lo que piensas, y así en todas las áreas de tu vida. La congruencia no es sencilla, pero es la mejor manera de vivir, porque te permite mantenerte fiel a ti mismo y a tus valores fundamentales, los valores evangélicos.
Vivir y «ser en plenitud», dejando una huella de amor y servicio, es el llamado para todos… especialmente para ti.
Lourdes Canales
Provincia de Ecuador - México