local_offer Educación local_offer Jóvenes

Ser joven hoy: entre la incertidumbre y la esperanza

S eventMartes, 07 Julio 2026

La sociedad actual es portadora de ansiedad en muchos sentidos. Ansiedad económica, en primer lugar: ¿para qué estudiar si las salidas profesionales parecen cerrarse? Ansiedad social, a continuación: ¿para qué comprometerse con una sociedad percibida como injusta y desigual? Ansiedad ecológica también: ¿para qué preocuparse por el futuro cuando las decisiones de unos comprometen el mundo de los demás? Y, más ampliamente, frente a la carrera desenfrenada del mundo, ¿cómo creer todavía en la paz y en la apertura a los demás, cuando las grandes potencias parecen trabajar únicamente al conflicto, buscando solo el beneficio en detrimento del bien común?

En este entorno, los jóvenes buscan referentes — familiares, sociales, culturales y espirituales. Referentes familiares, en familias cuya estructura no siempre les permite encontrar su lugar. Referentes sociales, frente a una sociedad que les cuesta sentir como propia. Referentes culturales, para quienes habitan en la encrucijada de varias identidades y se preguntan cómo habitarlas todas a la vez. Y referentes espirituales, porque las preguntas fundamentales siguen abiertas: ¿qué significa creer? ¿Por qué confiar en un Dios que nos trasciende? ¿Cómo reconciliar la fe y la violencia cometida en su nombre?

Sin embargo, y ahí reside la clave, esta incertidumbre no es un callejón sin salida. Es, como María Eugenia lo comprendió, el terreno mismo donde puede germinar una madurez más profunda. Las pruebas no son señales de abandono — son pasos.

Es en este contexto donde la escuela cobra todo su valor como lugar de vida, casi de refugio. Un lugar que aspira a estar abierto a los demás, al mundo, reuniendo personas de distintas edades, culturas, espiritualidades y opiniones. Un lugar que aspira a ser un santuario — orientado hacia el conocimiento, el respeto del otro en su diferencia — donde la violencia del mundo no debería tener cabida. Un lugar, sobre todo, donde los adultos son fiables, donde el tiempo tiene ritmo, donde los rituales, aunque percibidos como restrictivos, ofrecen a pesar de todo un marco tranquilizador.

No todos nuestros jóvenes tienen fe, o al menos no la comparten abiertamente con nosotros. Algunos entran por las puertas de nuestro centro casi por azar: buscaban una formación post-bachillerato, solicitaron plaza, fueron aceptados. Algunos ni siquiera conocían nuestros centros católicos concertados.

Y es precisamente ahí donde reside todo el desafío — y toda la riqueza — de nuestras casas de la Asunción: hacer vivir el PAEA (Proyecto Apostólico y Educativo de la Asunción) a todos nuestros alumnos y estudiantes, cualquiera que sea su religión, su cultura o las razones que los han llevado hasta nosotros. Eso es lo que hemos procurado hacer este año, en marzo de 2026, durante la Semana Asunción. Ofrecimos a nuestros jóvenes — de 15 a 22 años — una semana diferente, una invitación a descubrir la congregación en Francia y en el mundo.

En mi clase de BTS de Comercio Internacional, una antigua AMA vino a compartir su experiencia en Ruanda. Este testimonio permitió a mis estudiantes conocer a una joven que confió y partió a vivir algo desconocido, lejos de su cotidianidad, de su familia, de sus seres queridos. Habíamos elegido este encuentro deliberadamente: ese grupo se preparaba para partir nueve semanas de prácticas en empresa en el extranjero — una obligación de su plan de estudios, pero una experiencia que representaba, para muchos, un verdadero acto de fe. Algunos partieron a India, Japón, Taiwán, Suecia, Marruecos o España, a menudo por primera vez lejos de todo lo que conocían.

Porque eso es precisamente lo que María Eugenia nos enseña: los jóvenes no son el futuro de la Iglesia o de la sociedad, son su presente. Y este presente merece ser acompañado con atención — sin hacer en su lugar, sino dándoles los medios para avanzar.

La incertidumbre cambiante es fuente de estrés, especialmente en los estudios superiores. Los jóvenes toman a veces decisiones por defecto, les cuesta aprovechar las propuestas que se les hacen, y con frecuencia viven los fracasos como señales de su incompetencia. Les resulta difícil percibir la belleza y la riqueza de su propio recorrido, incluso el más singular. Concretamente, tienen grandes dificultades para identificar sus talentos, nombrar sus competencias y ponerlas en valor — incluso en un simple currículum.

Es ahí donde nuestra misión de educadores en la Asunción cobra todo su sentido. Para María Eugenia, cada uno de nosotros tiene una misión en la tierra[1]. Esta convicción debería guiar cada uno de nuestros gestos educativos. Como está escrito en el Texto de Referencia: «El educador, en su trabajo de educación, suscita la capacidad de disponer de uno mismo, de realizarse y de construir el propio destino.»[2]

Mi misión como educadora va, por tanto, más allá de mi función como profesora de inglés o responsable de enseñanza superior. Es acompañar a los jóvenes hacia una versión de sí mismos más segura, más ajustada a sus valores, más coherente con el mundo en el que viven — y siempre fiel a lo que quieren hacer con él.

Para ello, el autoconocimiento es fundamental. Sin embargo, nuestros estudiantes raramente han reflexionado verdaderamente sobre esto. Para María Eugenia, «lo esencial es ser con la mayor plenitud posible»[3]. En el mundo que nos rodea, es tanto más necesario que nosotros, educadores en la Asunción, trabajemos con los jóvenes sobre este conocimiento interior. Conocerse a uno mismo, conocer los propios valores, es echarse raíces: raíces profundas que, en los momentos de tormenta, permiten atravesar las pruebas sin perderse.

Esta es la esperanza que estamos llamados a cultivar — no una alegría ingenua que borraría las dificultades, sino ese «optimismo sobrenatural» que María Eugenia nos invita a elegir cada día: la confianza en la Providencia, incluso cuando el camino no está claro. Esta esperanza no es un sentimiento. Es una actitud. Una elección.

Educar es siempre permitir que el bien que hay en cada persona se abra paso a través de la roca que lo aprisiona, y llevarlo a la luz donde podrá florecer y irradiar.

 

Laure Marin-Cudraz

Coordinadora Pedagógica de Enseñanza Superior

Asunción Chambéry

 

[1] Carta a Lacordaire (sin fecha, entre 1841 y 1844), En Textos Fundadores p. 117

[2] Cf. Conferencia de Hna. Clare Teresa sobre la antropología de M.E., Cannes 1993

[3] Carta al Padre d'Alzon (11 de octubre de 1842), Vol. VII, n.° 1563