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Viernes Santo: Permanecer como María junto a la Cruz, un camino de esperanza y transformación

V eventMiércoles, 15 Abril 2026

"Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena" (Jn 19,25).

El Viernes Santo nos sitúa ante el misterio más profundo de nuestra fe: la cruz de Cristo. No se trata simplemente de recordar un hecho histórico, sino de adentrarnos en el corazón del amor divino que se entrega hasta el extremo. En este día, el cielo y la tierra se tocan, el tiempo se detiene y somos invitados a permanecer, como María, al pie de la cruz. Para quienes hemos recibido el carisma de la Asunción, esta contemplación adquiere un matiz particular: estamos llamadas no solo a mirar el misterio, sino a dejarnos habitar por él para ser, en nuestro mundo, testigos de la esperanza que nace del amor crucificado.

En la vida cotidiana, todos conocemos pequeñas o grandes formas de "viernes santos": momentos en los que el dolor toca la puerta, cuando la incertidumbre pesa más que la certeza, cuando acompañamos a alguien que sufre y no encontramos palabras. Allí, en esas realidades concretas, la Cruz deja de ser un símbolo lejano para convertirse en una experiencia viva. Y es precisamente en ese lugar donde la espiritualidad de la Asunción encuentra un camino luminoso: contemplar a Cristo en la Cruz y, desde esa contemplación, comprometerse con la transformación del mundo.

El gesto de María al pie de la cruz es, ante todo, un gesto de permanencia. Mientras los discípulos huyen, ella está. No comprende plenamente, pero no abandona. Su presencia es una fidelidad radical al amor que ha recibido y al Hijo que le ha sido entregado. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que María fue asociada "más íntimamente que ninguna otra persona al misterio de su sufrimiento redentor" (CIC 618). Esta asociación no es pasiva: María nos enseña que permanecer junto a la cruz es entrar en la lógica del amor que no huye del dolor, sino que lo enfrenta con la confianza puesta en Dios.

La espiritualidad de la Asunción, inspirada por Santa María Eugenia de Jesús, nos invita precisamente a esta actitud. En sus Instrucciones de Capítulo del 9 de marzo de 1873, nuestra fundadora nos dejó una enseñanza luminosa: "Lo que falta es la meditación de la Pasión de Jesucristo. Son muy pocos los que tratan de penetrar en las disposiciones de Jesús, frente al sufrimiento." Para ella, la fe no es evasión de la realidad, sino una mirada profunda que descubre a Dios actuando incluso en medio del sufrimiento. La contemplación de la Pasión nos configura, nos fortalece y nos envía.

El Catecismo nos recuerda que "el sacrificio de Cristo es único; completa y supera todos los sacrificios" (CIC 614), pero añade algo esencial: estamos llamados a participar de ese sacrificio (cf. CIC 618). Permanecer junto a la Cruz no es solo contemplar, sino entrar en ese dinamismo de amor que se entrega. El Viernes Santo, entonces, no es solo memoria, es participación viva. Es dejar que la Cruz toque nuestras propias cruces, nuestras luchas, nuestras fragilidades, y las transforme en ofrenda.

María, al pie de la Cruz, ocupa un lugar único. Su presencia no es solo materna, es profundamente creyente. Ella no comprende plenamente lo que ocurre, pero confía. Su dolor es inmenso, pero no se convierte en desesperación. María vive el Viernes Santo como un acto radical de fe. Es la mujer que había dicho "sí" en la Anunciación y que ahora vuelve a decir "sí" en la oscuridad más profunda. Su esperanza no se basa en lo visible, sino en la fidelidad de Dios.

San Juan Pablo II, en Salvifici Doloris, afirma que "el sufrimiento humano ha alcanzado su culmen en la pasión de Cristo" (SD 18), y señala que ese sufrimiento, unido al de Cristo, se convierte en camino de redención. María encarna esta verdad. Ella no elimina el sufrimiento, pero lo habita desde la fe. Y en ese habitar, lo transforma en esperanza. La Regla de Vida de las Religiosas de la Asunción nos recuerda que "María, la Madre de Jesús, está presente en su camino de fe. En ella, hija de su raza, las hermanas descubren la capacidad de amor de la mujer" (RV 7). Esta es nuestra herencia: una espiritualidad que nos sitúa junto a María para aprender a confiar incluso cuando todo parece perdido.

El Viernes Santo nos revela que el amor verdadero siempre implica entrega. Jesús no muere por obligación, sino por amor: "Habiendo amado a los suyos... los amó hasta el extremo" (Jn 13,1). Este "hasta el extremo" es la clave para comprender la Cruz. No es el sufrimiento en sí lo que salva, sino el amor con el que se vive. El Catecismo lo expresa con claridad: "Jesús sustituye nuestra desobediencia por su obediencia" (CIC 615). Donde el ser humano había cerrado el camino, Cristo lo abre con su entrega total.

Santa María Eugenia nos enseñó que la meditación de la Pasión nos lleva a comprender "el gran negocio de nuestra vida: llegar a ser conformes al original, para unirnos más íntimamente con Cristo". Y añadía: "Si meditáramos así todos los días la Pasión de N. S. Jesucristo, entonces el sufrimiento nos parecerá como un don de Dios; nunca nos separará de Jesucristo ni nos turbarán las contradicciones; aceptaremos las penas como medio para unirnos a N. Señor." Esta enseñanza nos impulsa a contemplar a Cristo crucificado para comprometernos con la realidad, especialmente con aquellos que viven sus propios viernes santos: los pobres, los excluidos, los que sufren injusticia, los que han perdido la esperanza.

La Regla de Vida nos llama a tener "preferencia por los pobres, que están inseparablemente unidos al anuncio del Evangelio y a la venida del Reino" (RV 78). Acompañar el sufrimiento del mundo no significa tener todas las respuestas, sino ofrecer una presencia que refleja el amor de Dios. Es estar, como María, al pie de tantas cruces: en las familias heridas, en los jóvenes desorientados, en los pueblos que luchan por justicia y paz, en los ancianos invisibles, en los migrantes que cruzan fronteras con el corazón cargado de esperanza y miedo.

Santa María Eugenia insistía en la importancia de unir contemplación y acción. Para ella, la fe debía transformar la inteligencia, el corazón y la sociedad. La Cruz, contemplada en profundidad, impulsa a trabajar por un mundo más justo, más humano, más conforme al Evangelio. Así, la vocación religiosa se convierte en un puente entre la Cruz y la Resurrección: recoge el dolor del mundo y lo presenta a Dios, mientras trabaja activamente para que la vida nueva se haga visible.

Esta misma convicción —que la fe no puede separarse del compromiso con los que sufren— ha sido recogida por el Papa León XIV en su primera exhortación apostólica, Dilexit te ("Te he amado"), publicada el 9 de octubre de 2025. En este documento, el Papa nos recuerda que no podemos ser indiferentes al "grito de los pobres". Denuncia "la dictadura de una economía que mata" y subraya que "Dios opta por los pobres". Para él, la Cruz no es un símbolo lejano: es el lugar donde aprendemos a salir de nosotros mismos para encontrar al otro, especialmente a los crucificados de hoy. Su llamada resuena con fuerza en nuestra espiritualidad asuncionista, que nos impulsa a "dedicar toda nuestra vida a la extensión del Reino de Cristo" (RV 75).

El Viernes Santo está marcado por el silencio. Un silencio que no es vacío, sino espera. Un silencio que guarda la promesa de la vida. La Cruz no tiene la última palabra. Pero tampoco podemos saltarla. Es necesario atravesarla, permanecer en ella, dejarnos enseñar por ella. Porque es allí donde aprendemos el verdadero significado del amor. Es allí donde comprendemos que la entrega no es pérdida, sino fecundidad. Es allí donde nace la esperanza que no defrauda.

Santa María Eugenia nos regala una imagen hermosa: la de los campesinos del Tirol que, mientras labraban pequeños Cristos en madera, tenían constantemente ante sus ojos los misterios dolorosos de la Pasión. "Sin cesar meditan sus sufrimientos, siguiendo el reloj de la Pasión", nos dice. Y concluye: "Si meditáramos así todos los días la Pasión de N. S. Jesucristo, comprenderíamos... que el gran negocio de nuestra vida es llegar a ser conformes al original". Este es nuestro camino: hacer de la Cruz no un recuerdo lejano, sino el centro cotidiano de nuestra contemplación y de nuestra acción.

Vivir el Viernes Santo es aceptar una invitación profunda: permanecer junto a la Cruz, contemplar el amor que se entrega y dejar que ese amor transforme nuestra vida. No es un camino fácil. Implica fidelidad, silencio, fe. Pero también abre a una esperanza nueva, capaz de iluminar incluso las realidades más oscuras.

Hoy, el mundo necesita testigos que no huyan del dolor, sino que lo acompañen con amor. Necesita hombres y mujeres que, como María, sepan sostener la esperanza. Necesita corazones que, como los de las primeras discípulas, permanezcan junto a la Cruz. Que este Viernes Santo no sea solo un recuerdo, sino una experiencia viva de fe. Que al contemplar a Cristo crucificado, renovemos nuestro compromiso de ser presencia de su amor en el mundo.

Mirza Zamora

Provincia América Central-Cuba

 

Referencias bibliográficas

  • Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 614-618.
  • San Juan Pablo II, Salvifici Doloris(1984), nn. 18, 19.
  • Regla de Vida de las Religiosas de la Asunción(1983), nn. 7, 75, 78.
  • Santa María Eugenia de Jesús, Instrucciones de Capítulo, 9 de marzo de 1873: Meditación sobre la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
  • Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, n. 44.
  • Papa León XIV, Exhortación Apostólica Dilexit te(9 de octubre de 2025), nn. 8, 9, 16, 92.
  • Instrucciones de Capítulo sobre la Cuaresma, Archivos de la Asunción.