Desde una aproximación de la terapia Narrativa
Ofrecer mis servicios en el área psicopedagógica, dentro de un ambiente educativo, me brinda la posibilidad de combinar técnicas terapéuticas como didácticas para deshebrar experiencias de vida, especialmente bajo el cobijo de la Espiritualidad Asunción.
En esta ocasión, propongo un ejercicio personal para que puedas “espejear” el encuentro contigo mismo y tu relación con los demás, aquello que construye identidad. Este ejercicio busca considerar que mi sentido vocacional no es un monólogo, sino un diálogo constante a partir de tres elementos que confluyen en la terapia narrativa, la cual interpreta la existencia a través de los propios relatos, siendo estas historias las que determinan cómo nos sentimos y actuamos.
Se podría pensar que ser psicóloga se resume en poseer un título, un diván y la intención de cuidar; sin embargo, en mi historia emerge una fuerza que me ha acompañado desde la adolescencia. Fui parte de un movimiento pastoral juvenil llamado "Pandillas de la Amistad". Imagina la escena: niños evangelizando a otros niños. Para integrarse al grupo hay que vivir la experiencia de “el retiro” de fin de semana. Allí, diversas dinámicas permiten la reflexión y buscan provocar que uno se encuentre con Dios.
El equipo de niños que preparan el retiro elabora el material de apoyo y le dan fuerza a las actividades que van a desempeñar. Durante todo el fin de semana, los guías-niños están al pendiente de quienes viven la experiencia: los escuchan, ofrecen consuelo cuando alguien llora, comparten los alimentos y hasta el piso para dormir. Cada día se forja la identidad desde la interiorización del lema “Unidos Todos para Formar un Mundo Mejor”.
No se trata de un evento aislado. Tras el retiro, en el reencuentro semanal, la formación continúa a través del canto, el juego y el servicio a la Parroquia de la que se forma parte. La escucha activa, la creación de lazos, la contención y el liderazgo, elementos propios del movimiento, le dan sentido a mi ser Psicóloga. En este “laboratorio pandillista” descubrí el “para quién vivo” y la importancia de estar al pendiente del estado emocional ajeno. Aprendí a ofrecer espacios seguros donde las personas expresen lo que pasa por su corazón y, sin roles jerárquicos, guiar desde el entusiasmo y ejemplo.
Pregunta para ti: ¿Cuál ha sido ese laboratorio de vida donde descubriste que tus habilidades cobran sentido por aquello que ofreces a los demás?
En los pasillos escolares, me encuentro con niños, niñas y adolescentes que atraviesan conflictos emocionales y de conducta. Cada situación se aborda de manera particular. No veo a un "niño problema" ni a unos "padres negligentes"; en su lugar, pongo en la mesa del diálogo a que los papás vean el conflicto como un visitante inesperado que ha llegado a casa.
Al externalizarlo, el niño deja de ser la sintomatología y la familia se une para enfrentar a ese visitante desde la curiosidad, desplazando a la culpa. Mi labor es recordarles que ellos poseen los recursos para decidir cómo quieren que ese visitante se comporte para recuperar su capacidad de influencia sobre la vida de su hijo, o si es momento de invitar a especialistas externos que brinden herramientas académicas y clínicas que el problema intenta ocultarnos. Soy una facilitadora de encuentros que busca sanar el diálogo entre padres e hijos.
Preguntas para ti: ¿En qué momentos facilitas el diálogo para ver al conflicto como un visitante inesperado? ¿Cómo has logrado enfrentar a ese visitante desde la curiosidad y no desde la culpa?
Segmento la palabra “comunión” para enfatizar el encuentro intencionado y consciente entre los integrantes de la comunidad Asunción. Me encantaría decir que, tras el diálogo, el cambio se da de manera inmediata; sin embargo, cada proceso requiere su tiempo. Los profesores también anhelan el cambio, por ello, ayudar a reescribir el relato permite eliminar etiquetas y buscar los momentos de excepción. Los profesores funcionan como “testigos de esperanza” que validan la nueva historia del niño.
En este diálogo con quienes caminan conmigo, transformamos el “Soy psicóloga o maestro” por un “Soy alguien que construye puentes y acompaña la vulnerabilidad desde mi profesión”. Así, seguimos tejiendo encuentros como una vocación que llama a la unión.
Preguntas para ti: ¿Cuándo fue la última vez que quitaste etiquetas que te separaban de la gente? Al intentar reescribir esa historia, ¿por qué encontraste cercanía en la relación? ¿Cómo es que encontraste a Dios a través de la resignificación con el otro?
Estos eventos de “mi sentido vocacional” carecerían de importancia si los viera como un cúmulo de logros profesionales o insignias de poder. Es necesario poner rostro al “para quién acompaño” y construyo puentes en los entornos que Dios me ha plantado. Ofrecer estas experiencias no es un acto vacío, sino un servicio para la transformación social y espiritual, personificando la vocación, separando los problemas de la identidad y reescribiendo historias de amor, servicio y esperanza compartida.
Y así como diría nuestra fundadora, Santa María Eugenia de Jesús: “Cada uno de nosotros tiene una misión en la tierra… la de dejar tras de sí un rastro de luz”. Al final, acompañar historias de vida es mi manera de asegurar que ese rastro de luz siga brillando en cada familia y en cada niño que Dios ha puesto en mi camino, ¿será que también en tu camino?
Marlé Uribe Ortiz
Psicopedagoga del Instituto Asunción de Querétaro