«Antes de empezar a orar, advertir a dónde voy y a qué» (EE 206). Este aforismo ignaciano me ha servido para que, antes de comenzar a escribir mi opinión sobre el viaje apostólico de León XIV a España, piense a dónde voy y a qué.
Voy a contar por qué siento orgullo de lo vivido en Madrid, Barcelona y Canarias entre el 6 y el 12 de junio; orgullo entendido como satisfacción. Y el qué, porque esta visita ha sido un acontecimiento que ha logrado unir fe, memoria histórica no partidista ni tergiversada, Estado, diplomacia, juventud y gente. ¡Mucha gente! Y ningún incidente.
No voy a dedicar más de una línea a quienes han pretendido utilizar esta visita como escaparate para sus proclamas nacionalistas: no les ha servido de nada.
Los mensajes del Papa han sido claros, potentes, profundos. ¡Qué suerte escucharlo en español! El Pontífice conoce la historia de España y no ha desaprovechado ninguna de sus intervenciones para recordar nuestro pasado y nuestro presente, al tiempo que nos ha invitado a alzar la mirada al futuro.
Algunos periodistas no dudan en compararlo con Juan Pablo II. Pienso que las comparaciones no contribuyen a nada bueno: cada Papa responde, con su ser y su hacer, a momentos históricos concretos. Este Papa es un líder de masas: ha congregado a 2,5 millones de personas en los 21 actos organizados a lo largo de los seis días del viaje apostólico. Ha combinado la altura intelectual con la espontaneidad y naturalidad de sus gestos, y con la cercanía en el trato.
Y su manera de ser, esa que acabo de describir, ha sido para todos. Su rostro se emociona y sus ojos lo expresan; su sonrisa delata complicidad y acogida. Sus abrazos y bendiciones para niños, jóvenes y adultos son el aquí y ahora de la ternura y la misericordia de quien es la cabeza de la Iglesia.
Quiero destacar la faceta más espontánea del Papa, que se salta el protocolo cuando lo cree necesario: su charla con los pilotos del avión, su condición de madridista o sus encuentros con presos en la cárcel de Brians y con personas sin hogar en Carabanchel. Y esto, para un pueblo cálido y afectuoso como el español, es esencial. Porque los españoles somos así.
Somos una Monarquía Parlamentaria, y el Jefe del Estado y su familia acogieron a León XIV en el Palacio Real. El rey Felipe VI articuló su mensaje en torno a la defensa de la dignidad de la persona y a la necesidad de reforzar el diálogo y la unidad para salir de las trincheras de la polarización, y reconoció la labor social que desarrolla la Iglesia en España. ¡Valiente el Rey, que no escamoteó el tema de la pederastia!
La defensa de la vida y de la dignidad humana ha sido el eje central de las 23 intervenciones del Santo Padre. Estos dos principios resonaron con mucha fuerza durante su histórico discurso en el Congreso de los Diputados, donde nos interpeló como sociedad con una pregunta directa: «¿puede llamarse plenamente justa una comunidad que deje en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo?».
Esta intervención ante las Cortes constituye un hito: es la primera vez que un Papa tomaba la palabra en la sede de la soberanía nacional. En ese escenario, León XIV ensalzó la aportación histórica de España a los derechos humanos a través de la Escuela de Salamanca, pionera en teorizar sobre la «dignidad del indígena». Recibió una larga ovación. Ahora nos toca, como nación, recoger el testigo y construir el futuro a partir de palabras como paz desarmada, esperanza y encuentro.
Conocedor de nuestra historia —otro motivo de orgullo—, ha mencionado los siglos de convivencia de las tres culturas, el Camino de Santiago, a los místicos santa Teresa y san Juan de la Cruz, y a Unamuno. También ha citado a Cervantes y a su obra más célebre, El Quijote. Me ha impresionado cómo ha utilizado el lenguaje y la palabra, consciente de quién es y a dónde iba.
En la abadía de Montserrat, el Papa desmontó la pose del victimismo nacionalista. Empleó el catalán con normalidad, despojando a la lengua de su instrumentalización como arma arrojadiza. Además, lanzó un mensaje de unidad frente a una sociedad cada vez más individualista y fragmentada.
Culturalmente, el viaje del papa León ha puesto de manifiesto nuestra rica tradición cultural y artística: música clásica en el Palacio Real, Siloé —grupo de pop-rock indie—, flamenco y hasta el gesto del «six-seven» en el Bernabéu y en las calles.
Antonio Banderas, actor malagueño y empresario teatral, ha dejado claro que ha sido hechizado por Dios. Citó a san Agustín y expuso, con fe de cofrade, cómo la Semana Santa y las procesiones son un «poliedro multicolor de elegante belleza». Tampoco le tembló la voz al reconocer que la Iglesia y la fe han sido el mayor productor de arte de la historia de la humanidad. Y así toca mencionar, cuando celebramos los 100 años de su muerte, a Gaudí.
Antoni Gaudí es conocido como el arquitecto de Dios. Su Sagrada Familia es una catequesis elocuente y moderna que cincela en la piedra, proyecta en la luz y da color a la Palabra. Barcelona brindó a León XIV un espectáculo de luz, tecnología y música. El templo invitaba a alzar la mirada al Cielo, y en ese cielo el mundo entero leyó: primero el amor y luego la técnica. Esta es una frase que el genio catalán compartía con sus colaboradores, y que ha servido para unir el pensamiento de un artista con el de un Papa que nos ha regalado Magnifica Humanitas.
Pues a esto he venido, a juntar unas cuantas letras para decir que el viaje de León XIV nos ha recordado que somos un gran pueblo tejido de pueblos y gentes, y que ahora otros pueblos y otros rostros hacen historia con nosotros. Nos ha recordado que hemos sido creados para mirar al Cielo, pero que en la tierra somos colaboradores de Dios. León XIV ama su tiempo y nos invita a ocuparnos y ponernos al servicio de la Historia y de los Hermanos desde el amor. Como el Misterio de la Asunción, que asume la presencia de Dios en la tierra para que Él pueda asumirnos en el cielo.
Ana Alonso, r.a.