Por Mirna Zamora, r,a.
Para María Eugenia de Jesús, educar nunca fue simplemente transmitir conocimientos. Tampoco consistía en preparar personas exitosas según los criterios del mundo. Educar era algo mucho más grande y profundo: participar en la obra de Dios, colaborar con Él para que cada persona descubriera quién es, reconociera su dignidad y encontrara el sentido de su existencia. Por eso, su propuesta sigue siendo sorprendentemente actual.
Vivimos en una época llena de oportunidades, pero también de grandes desafíos para la educación. Nuestros niños y jóvenes tienen acceso a una cantidad inmensa de información, pero muchas veces les cuesta encontrar sentido; están permanentemente conectados, pero experimentan con frecuencia la soledad; dominan las nuevas tecnologías con una rapidez admirable, pero necesitan espacios para escuchar su corazón, construir convicciones profundas y descubrir aquello que da dirección a su vida.
En medio de esta realidad, la intuición de María Eugenia resuena con una fuerza especial. Ella comprendió que la educación no debía limitarse a formar mentes brillantes, sino personas capaces de mirar el mundo con los ojos de la fe y comprometerse en su transformación. Su deseo era que la educación ayudara a cada ser humano a vivir con coherencia, libertad interior y apertura al Reino de Dios.
Su gran sueño era formar «hijas de Dios». Esta expresión, lejos de ser una idea piadosa o romántica, encierra una verdadera revolución educativa. Significa ayudar a cada persona a descubrir que es amada por Dios, que posee una dignidad infinita y que está llamada a ser protagonista en la construcción de un mundo más justo, más humano y más fraterno. La educación, entendida así, no busca únicamente desarrollar capacidades intelectuales, sino formar corazones capaces de amar, servir y transformar la realidad.
Educar, entonces, es despertar una vocación: no se trata únicamente de preparar para una profesión, sino de preparar para una misión. Una misión que comienza en lo cotidiano: en la familia, en el trabajo, en las amistades, en la manera de relacionarse con los más vulnerables, con la creación y con la sociedad. María Eugenia estaba convencida de que la educación debía formar personas capaces de llevar el espíritu de Cristo allí donde vivieran y actuaran, convirtiéndose en presencia de esperanza y reconciliación en medio del mundo.
Por eso insistía en una fe dinámica, una fe que iluminara el juicio, orientara los afectos y diera coherencia a la vida. No quería creyentes que separaran la fe de la realidad, sino hombres y mujeres capaces de comprender su tiempo, amarlo profundamente y transformarlo desde el Evangelio. Ella misma afirmaba que su mirada estaba puesta en Jesucristo y en la extensión de su Reino, convencida de que la educación era uno de los caminos privilegiados para colaborar en esa obra.
La tradición educativa de la Asunción ha mantenido viva esta convicción: educar es participar en la construcción del Reino y acompañar a las personas para que descubran la presencia de Dios en su propia historia. La educación se convierte así en un acto de esperanza y en una forma concreta de compromiso con la justicia, la fraternidad y el bien común.
Resulta significativo que las reflexiones del papa León XIV durante el Jubileo del Mundo Educativo parezcan dialogar con esta misma intuición. El Papa ha señalado cuatro pilares fundamentales para la educación cristiana —la interioridad, la unidad, el amor y la alegría— y ha recordado que el verdadero aprendizaje nace del encuentro personal, que educar es mucho más que transmitir contenidos y que la enseñanza solo puede florecer cuando existe una relación auténticamente humana entre educador y estudiante.
Estas palabras adquieren una relevancia especial en un momento en que la inteligencia artificial transforma profundamente nuestra manera de aprender, comunicarnos y acceder al conocimiento. El papa León XIV reconoce el valor de estas herramientas y las posibilidades que ofrecen para el desarrollo humano, pero advierte también del riesgo de una educación cada vez más fría, estandarizada e impersonal. La inteligencia artificial puede ofrecer información, pero no puede reemplazar la mirada de un maestro que anima, la escucha de quien acompaña una búsqueda interior, la paciencia de quien ayuda a levantarse después de un fracaso ni la alegría compartida que nace de una verdadera comunidad educativa.
Precisamente aquí encontramos una de las mayores aportaciones de María Eugenia para nuestro tiempo. Ella comprendió que educar es una tarea profundamente humana y profundamente evangélica. Supo que ninguna metodología, por innovadora que sea, puede sustituir la formación del corazón. Antes de enseñar, es necesario encontrarse; antes de transmitir conocimientos, es necesario despertar el deseo de la verdad; antes de preparar para el éxito, es necesario ayudar a descubrir una razón para vivir y para servir.
En nuestras aulas y comunidades, esto exige mucho más que métodos pedagógicos eficaces. Exige educadores que vivan también un proceso continuo de transformación personal, porque nadie puede despertar en otros aquello que no cultiva en sí mismo. Educar es, antes que nada, dejarse educar por Dios cada día; es aprender a mirar a cada niño y a cada joven con esperanza, reconociendo en ellos una promesa de Dios para la humanidad.
También supone reconstruir los vínculos entre escuela, familia y sociedad, pues ninguna institución puede educar sola. La misión educativa requiere una verdadera comunidad que acompañe, escuche y sostenga a las nuevas generaciones; allí donde existen relaciones auténticas, los jóvenes encuentran raíces para crecer y alas para soñar.
En una sociedad marcada por la prisa, la competencia y el individualismo, seguir afirmando que cada ser humano es hijo e hija de Dios y que está llamado a transformar el mundo desde el amor sigue siendo una propuesta profundamente contracultural. Y, precisamente por eso, sigue siendo revolucionaria. La educación inspirada en el Evangelio continúa invitándonos a creer que la fraternidad es posible y que la historia puede ser transformada por personas que viven desde la verdad, la justicia y la misericordia.
La misión educativa de la Asunción continúa invitándonos a creer que otro mundo es posible: un mundo más humano, más fraterno y más evangélico. Un mundo que comienza a construirse, silenciosamente, cada vez que un educador abre espacios para la interioridad, fortalece los vínculos, enseña con amor y transmite esperanza.
Porque educar no es solamente enseñar. Educar es colaborar humildemente con la obra creadora de Dios y ayudar a que su Reino siga creciendo en el corazón de las personas y en la historia.
Referencias Bibliográficas
Claire Madeleine, R. A. (1971). El pensamiento de Madre María Eugenia sobre nuestra misión educadora. Religiosas de la Asunción.
Congreso Internacional de Educación de la Asunción. (2018). Educación transformadora en la Asunción. Documento marco del Congreso Internacional de Educación de las Religiosas de la Asunción.
León XIV. (2025). Magnifica Humanitas: sobre la dignidad humana, la educación y los desafíos de la inteligencia artificial en el mundo contemporáneo. Libreria Editrice Vaticana.
León XIV. (31 de octubre de 2025). Discurso a los participantes en el Jubileo del Mundo Educativo. Vatican Media.
María Eugenia de Jesús. (19 de julio de 1842). Carta al P. Emmanuel d’Alzon. En R. A. Claire Madeleine, El pensamiento de Madre María Eugenia sobre nuestra misión educadora (1971). Religiosas de la Asunción.