El 15 de agosto celebramos la fiesta de la Asunción de María. El papa Pío XII, en el año 1950, definió este misterio como verdad de fe, afirmando que la Virgen «terminada su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma al cielo». Muchas parroquias y ciudades en el mundo conmemoran esta solemnidad. Nosotras también, religiosas y amigos de la Asunción, celebramos con gran alegría esta fiesta.
Buscando su origen, en realidad el Nuevo Testamento no dice nada sobre el fin de la vida de María. Algunas tradiciones antiguas consideraron que tuvo una muerte natural; otras, que murió mártir; y otras más, que no murió, que fue asunta al cielo como el profeta Elías. En la Iglesia oriental se habla de una «dormición», es decir, se durmió y fue elevada al cielo sin conocer la muerte. El magisterio de la Iglesia afirma que «dado que Cristo murió, sería difícil sostener lo contrario por lo que se refiere a su Madre»[1]; es decir, María compartió la muerte en perfecta comunión con Cristo, quien consumó así el misterio de la Redención.
Pero, más allá de explicar materialmente cómo sucedió el tránsito de María a la plenitud de Dios, nos dejamos inspirar por el significado de este misterio.
Santa María Eugenia, siguiendo al Padre Combalot, vio nuestra obra educativa como la misión de «elevar» a la mujer por la educación. De hecho, «educar» se dice también «elevar» en francés. Esto significa que, además de desarrollar los aprendizajes propios de la escuela, nuestra educación se orienta a que los jóvenes tomen altura sobre intereses autorreferenciales y rastreros; que aprendan amplio, a apasionarse por las grandes causas de la Humanidad y —desde estos principios y convicciones— se comprometan a cambiar algo en su pequeño radio de acción. Esta acción educativa es integral: quiere transformar inteligencia, afectos y voluntad, es decir, mente, corazón y manos que se ponen a la obra. Es una tarea colosal que implica procesos de conversión, transformación y humanización[2], primero en los educadores, que podrán así inspirar y acompañar, siendo testigos y referentes.
Uno de los grandes medios que María Eugenia sugiere para vivir estos procesos es la interiorización y la contemplación de los evangelios, caminando con María los misterios de su Hijo:
Acompañen a María al Calvario, al sepulcro, a la Resurrección, a la Ascensión. Procuren comprender los sentimientos que ella tenía por Jesús en estos diversos misterios. Récenle para que forjen en ustedes estos sentimientos.
Que les ayude a comprender lo que es un amor fiel, apasionado y generoso, lleno de fe y atención a la persona de nuestro Señor Jesucristo, a su enseñanza, a su palabra, a sus intereses, a su gloria. Pueda así inspirarles y lograr que Él se forme en ustedes.
Que les ayude a comprender todo el amor y el consuelo que Jesús encontró en ella, pues nuestro Señor encontró gran consuelo en el corazón de su madre[3].
María es, entonces, nuestra compañera de camino, quien nos ofrece claves de comprensión de la identidad y la misión de su Hijo, para que nuestra vida se configure con la de Él. En este sentido, ella es nuestro modelo, porque, acompañando el crecimiento y la maduración de Jesús, comprendiendo poco a poco —entre gozos, desconciertos y dolor— el camino de Jesús, se deja configurar con Él y asume su destino redentor. Acompaña a los discípulos en los inicios de la Iglesia, convirtiéndose en madre de todos, apóstol y testigo. Así consuma su propio camino humano de transfiguración y asunción.
Estos procesos de conversión, transformación y humanización que estamos llamados a vivir como «hijos de la Asunción» tienen consecuencias prácticas en nuestra persona y en nuestra vida. María Eugenia nos lo explica en sus enseñanzas sobre el desprendimiento gozoso[4]:
La Santísima Virgen, que asciende por encima de la tierra, nos llama a elevarnos con ella, a poner en Dios nuestros pensamientos y afectos. Todo nuestro espíritu conduce a un desprendimiento gozoso, a elevarnos por encima de sufrimientos y dificultades, sin detenernos en quejas, sin perder tiempo en ello, sacando de lo que sucede el mejor partido posible para Dios y su gloria.
El misterio de la Asunción es nuestro destino final y el faro que nos muestra el camino. Nos invita a salir de nuestra perspectiva autorreferencial, a ganar altura sobre lo que no es esencial, a transformar nuestros viejos hábitos y paradigmas inútiles, a relativizar lo que nos angustia y nos contraría, seguros de que cualquier circunstancia nos ofrece el espacio perfecto para desarrollar las virtudes que realmente importan: la paciencia, la fe, la sabiduría y la compasión. Así nos transformamos en «fiel imagen de Cristo»[5].
María Eugenia nos recuerda, en ese texto sobre el «desprendimiento gozoso», que no podemos replegarnos en nosotros mismos cuando la cita de la historia nos aguarda. Nuestro testimonio y nuestra creatividad son fundamentales hoy para la causa de la paz, del cuidado de la vida y la construcción de «un estado social donde nada ni nadie tenga que sufrir la opresión de otro»[6].
La fiesta de la Asunción nos desafía y nos inspira a la alegría y la esperanza. María vive ya aquello que cada uno de nosotros perseguimos a lo largo de nuestra existencia: la plenitud y la felicidad compartida con todos en Dios.
Ana Sentíes, r.a. Comunidad de Águilas. Ecuador-México
Notas