El mundo que veo me preocupa.
No soy educadora. Soy periodista de formación y trabajadora social por oficio. Mi trabajo me ha permitido mirar de cerca realidades, escuchar historias y observar cómo se construyen —y también cómo se rompen— los vínculos entre las personas. Por eso, frente a la pregunta sobre qué tiene que decir hoy la visión educativa de María Eugenia, quizá mi aporte no sea responder cómo debemos educar, sino preguntarnos para qué mundo estamos educando.
Vivimos en una sociedad donde la apariencia ocupa cada vez más espacio y donde el éxito suele medirse por lo que se posee, se exhibe o se alcanza individualmente. Las redes sociales han amplificado esa lógica: pareciera que hay que demostrar permanentemente que estamos bien, que avanzamos, que tenemos, que podemos.
Pero detrás de esa vitrina hay otra realidad.
Hay una sociedad cada vez más fragmentada, donde lo comunitario cuesta, donde organizarnos alrededor de lo que nos ocurre a todos parece más difícil, y donde incluso quienes pertenecemos a las clases trabajadoras podemos terminar aspirando más a parecernos a quienes concentran el poder y la riqueza que a reconocernos en quienes comparten nuestras mismas dificultades.
Nos enseñaron a aspirar a subir, pero quizá hablamos demasiado poco de no dejar a nadie abajo.
Y mientras tanto, naturalizamos cosas que deberían estremecernos. Vemos derechos vulnerados y seguimos adelante. Vemos desigualdad, violencia, discriminación, muerte y exclusión hasta convertirlas en parte del paisaje. Vemos cómo el poder puede imponerse sobre la dignidad de las personas y, demasiadas veces, terminamos creyendo que nada podemos hacer frente a ello.
Entonces vuelvo a María Eugenia.
Mucho antes de que habláramos de competencias, innovación educativa o habilidades para el futuro, ella entendió algo esencial, y siempre lo dijo: educar no era solamente transmitir conocimientos; era formar personas capaces de transformar la sociedad.
Tal vez eso es precisamente lo que el mundo todavía no termina de entender.
Porque formar una persona no puede consistir únicamente en prepararla para competir, producir, ascender o tener éxito. También tendría que significar formar seres humanos capaces de mirar al otro y reconocerlo como igual; personas que sepan indignarse frente a una injusticia, que no confundan éxito con superioridad, que entiendan que sus derechos están vinculados a los derechos de los demás y que sepan construir comunidad en una época que permanentemente nos invita al individualismo.
No me corresponde decir cómo debe hacerlo la educación. Pero sí puedo interpelarla desde lo que observo:
¿Podemos hablar realmente de formación cuando producimos personas extraordinariamente competentes, pero indiferentes frente al dolor de los demás? ¿Podemos considerar suficiente una educación que enseña a conquistar el mundo, pero no también a cuestionarlo? Porque una educación que desarrolla capacidades, pero no conciencia sobre el otro, puede formar personas exitosas, pero difícilmente una sociedad más humana.
Y esa es la poderosa misión de la Asunción. Esa es la esencia misma de su propuesta educativa. Como exasuncionista, creo que allí la Asunción tiene todavía mucho que decir.
Quizá María Eugenia entendió, hace mucho tiempo, algo que nosotros todavía estamos intentando aprender: que la educación no transforma verdaderamente el mundo cuando forma personas capaces de llegar más lejos, sino cuando forma personas capaces de preguntarse quiénes se están quedando atrás.
María José De Luca
Ex alumna Asunción 1997-1998
Provincia Ecuador - México