Vivir el Adviento: preparar el corazón para el Emmanuel
El Adviento es un tiempo breve pero intenso en el que la Iglesia nos invita a renovar nuestro deseo de Dios, a avivar nuestra esperanza y a preparar el corazón para acoger a Aquel que viene: el Emmanuel, Dios con nosotros.
En la espiritualidad de la Asunción, este tiempo se armoniza con una fe encarnada, una esperanza audaz y una caridad activa. El Adviento se convierte así en una escuela de disponibilidad interior y de vigilancia gozosa.
Adviento, tiempo de conversión y esperanza
El Adviento abre un camino que conduce a Cristo. La conversión que propone la Iglesia no es, ante todo, un esfuerzo moral, sino un retorno al corazón, un movimiento interior para redescubrir el lugar central de Dios en nosotros. Así, la Iglesia nos invita a:
En la tradición asuncionista, se nos invita a vivir esta conversión con un corazón contemplativo alimentado por el silencio, la oración y la apertura a la acción de Dios. El Adviento se convierte, por tanto, en un tiempo de vigilancia humilde y paciente, donde la esperanza crece como una luz que se eleva progresivamente en la noche.
La luz del Emmanuel en nuestra vida cotidiana
Dios viene en la sencillez: un niño en un pesebre, en un ambiente de silencio elocuente. Este tiempo nos enseña a reconocer la luz discreta pero real del Emmanuel en nuestros gestos cotidianos:
Comunidad y compartir: vivir el Adviento juntos
El Adviento no es un camino solitario: es profundamente eclesial y comunitario. Preparar nuestro corazón para que Dios sea el Emmanuel es preparar un espacio común donde Cristo pueda nacer entre nosotros. Ese lugar es, como el pesebre, el sitio donde la vida respira a través de la oración comunitaria, la lectura compartida de la Palabra, los gestos de solidaridad vividos y compartidos con los más vulnerables, el aliento mutuo en la esperanza y la atención a los más débiles u olvidados. La comunidad es el espacio donde Dios se hace visible y donde compartimos alegrías, fatigas y luchas. El Adviento nos llama a ser artesanos de comunión, constructores de un “nosotros” donde Cristo encuentre su morada.
Vivir el Adviento desde nuestro espíritu asuncionista es dejarnos convertir en profundidad, permitir que la luz de Dios ilumine nuestros gestos más sencillos para avanzar juntos, tomar la mano del otro con conciencia de comunión, y ofrecer una sonrisa al ver surgir la esperanza y la caridad en el horizonte. Entonces nuestro corazón se convierte en un pesebre donde el Emmanuel puede verdaderamente nacer, y la Navidad deja de ser solo una fiesta: es un encuentro, un nacimiento interior, una presencia renovada de Dios en nuestras vidas.
Hermana Joëline
Provincia de Madagascar