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La misión no es opcional

L eventMiércoles, 28 Octubre 2026

Por Carlos Enrique Castro Medina

 

Hay palabras que, cuando las pronunciamos dentro de la Iglesia, corren el riesgo de convertirse en conceptos conocidos, repetidos y, precisamente por eso, poco cuestionados. Una de ellas es “misión”. La escuchamos en homilías, reuniones, proyectos pastorales, clases y encuentros de formación. Hablamos de “salir a misión”, de “ser misioneros”, de “llevar el Evangelio”. Sin embargo, necesitamos detenernos y preguntarnos nuevamente: ¿qué significa realmente ser misioneras y misioneros?

Para santa María Eugenia de Jesús, la misión no era una actividad más de la vida cristiana. Era el corazón mismo de una existencia entregada a Jesucristo y a la transformación del mundo. Su mirada puesta en Cristo la llevó a comprender que encontrarse con Él implica necesariamente salir de uno mismo. La fe no puede quedarse encerrada en lo privado, en lo cómodo o en lo conocido. Cuando el Evangelio toca verdaderamente la vida, comienza un movimiento: recibimos, nos dejamos transformar y somos enviados.

Por eso, hablar de misión es hablar de nuestra propia identidad cristiana. Ser discípulas y discípulos de Jesús implica ser enviados. Ser “otros Cristos” significa permitir que nuestras manos, nuestros pies, nuestra voz y nuestras decisiones prolonguen en el mundo la presencia de Aquel que vino a servir, amar y anunciar el Reino de Dios. La misión, entonces, no es opcional: es una consecuencia de haber encontrado a Cristo.

La misión comienza en el encuentro

El mensaje del papa León XIV para la 100ª Jornada Mundial de las Misiones, que celebramos el 18 de octubre de 2026, lleva por título “Uno en Cristo, unidos en la misión”. No es casual que el Papa coloque la unión con Cristo como punto de partida. En el centro de la misión está una relación viva con Jesús: permanecer en Él para que de esa unión brote una vida capaz de entregarse a los demás.

La misión cristiana nace del amor y conduce al amor. Por eso, la Buena Noticia que estamos llamados a anunciar no es una idea abstracta, sino el Evangelio del amor de Dios manifestado en Jesucristo.

Aquí encuentro una profunda conexión con la espiritualidad de la Asunción. Santa María Eugenia no separó la contemplación de la acción. Mirar a Jesucristo significaba descubrir también el mundo que Él amaba y asumir la responsabilidad de transformarlo. La misión no comienza cuando llegamos a una comunidad; comienza cuando permitimos que Cristo transforme nuestra manera de mirar.

Aprender con los pies en el camino

Uno de los elementos que más riqueza aporta a las experiencias misioneras desde el carisma de la Asunción es la pedagogía de la experiencia. Esta pedagogía parte de la convicción de que aprendemos experimentando y de que no es necesario separar la experiencia de vida de la experiencia de aprendizaje. Todo lo vivido puede enriquecernos cuando nos damos el tiempo para descifrarlo.

Una misión, entonces, no debería consistir únicamente en llevar a los jóvenes a un lugar diferente para que “ayuden” durante algunos días. Si queremos que sea verdaderamente formativa, necesitamos permitir que entren en contacto con una realidad distinta, que encuentren personas concretas, que escuchen historias, que descubran otras maneras de vivir y que reconozcan tanto necesidades como riquezas que quizá no habían imaginado.

Se aprende cuando escuchamos a una familia hablar de su vida. Cuando compartimos una comida preparada por otras manos. Cuando descubrimos que la pobreza no define a una persona. Cuando dejamos de mirar al otro como alguien a quien “ayudar” y comenzamos a reconocerlo como un hermano que también tiene algo que enseñarnos.

La pedagogía de la experiencia propone que quien aprende sea protagonista, que se encuentre con realidades diferentes a las propias y que participe en búsquedas y encuentros. Por eso, una misión bien acompañada no solamente transforma a quien recibe nuestra presencia; también transforma profundamente a quien se atreve a salir.

Pero la experiencia no termina cuando regresamos. Necesita ser releída, compartida y discernida. El aprendizaje surge también cuando somos capaces de preguntarnos: ¿qué viví?, ¿qué descubrí?, ¿qué me cuestionó?, ¿dónde reconocí a Dios?, ¿qué cambió en mi manera de mirar?

Así, la misión deja de ser únicamente una experiencia que “hacemos” y se convierte en una experiencia que “nos transforma”.

Unidos para anunciar

El lema del DOMUND 2026 nos plantea una segunda afirmación inseparable de la primera: “uno en Cristo, unidos en la misión”. La unidad entre los cristianos no es un fin en sí misma; está orientada al testimonio y al servicio. La comunión adquiere sentido cuando se convierte en una manera concreta de anunciar el Evangelio.

Esto también cuestiona nuestras comunidades educativas y pastorales. No podemos anunciar fraternidad si nuestras relaciones están marcadas por la división. No podemos hablar de reconciliación si somos incapaces de perdonarnos. No podemos invitar a los jóvenes a construir comunidad si los adultos que los acompañamos trabajamos desde la competencia, la desconfianza o el aislamiento.

Antes de cruzar una frontera geográfica, quizá necesitamos cruzar algunas fronteras personales: la indiferencia, el prejuicio, la comodidad, el miedo a lo diferente o la incapacidad de escuchar. Por eso, no vamos a la misión solamente para llevar algo. Vamos también para aprender a caminar con otros.

La misión no es opcional

Al final, vuelvo a la pregunta inicial: ¿qué significa ser misioneras y misioneros?

Significa comprender que el Evangelio recibido se convierte en Evangelio compartido. Que el encuentro con Cristo genera movimiento. Que quien ha experimentado el amor de Dios está llamado a convertirse en testigo de ese amor.

Santa María Eugenia de Jesús entendió que la vida cristiana no podía reducirse a conservar la fe, sino que debía comprometerse con la transformación de la realidad. Su pasión por Jesucristo se convirtió en pasión por el mundo y por la educación de personas capaces de colaborar en la construcción de una sociedad más justa, fraterna y abierta al Evangelio.

Hoy, en este DOMUND 2026, la Iglesia vuelve a recordarnos que somos “uno en Cristo y unidos en la misión”, es decir, cada persona tiene una responsabilidad en el anuncio del Evangelio, desde su propia vocación y sus propios dones.

Por eso, quizá la pregunta no sea si queremos ser misioneros. La pregunta es cómo vamos a responder a la misión que ya hemos recibido.

Algunos cruzarán océanos. Otros caminarán por comunidades cercanas. Algunos anunciarán con palabras. Otros lo harán con sus manos. Algunos acompañarán desde la oración. Otros construirán proyectos, educarán, servirán, escucharán o tenderán puentes.

Las manos serán distintas. Las historias serán distintas. Los dones serán distintos. Pero el corazón puede ser uno solo cuando está unido a Cristo. Y entonces comprendemos que la misión no es una actividad más de nuestra vida cristiana. La misión es la consecuencia de haber encontrado a Jesús.

Por eso, la misión no es opcional. Es la respuesta agradecida de quien ha descubierto que el amor de Dios no puede quedarse encerrado en el propio corazón.