Para empezar, es una gracia hacer una pausa y prepararnos para vivir la fiesta de la Pascua. Para ello, debemos ser conscientes de que la Cuaresma es un camino de conversión, y nos invita a ser artesanos de una comunión con justicia, creando espacios de encuentros a nivel personal, con Dios y comunitarios. Sin embargo, para el contexto en que nos encontramos hoy, esto es un desafío, pero también una oportunidad para dejarnos tocar por la presencia misericordiosa de Dios que abraza e ilumina aquellas sombras que oscurecen la luz que habita en nuestro interior. De manera, que, a la vez nos permite descubrir cuál es su voluntad en nuestro propio desierto; a través de gestos amables, discretos y cultivando con ello, lazos de fraternidad como signo de esperanza y preparación para vivir la Pascua de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
Nuestra vida está marcada por sueños, deseos, alegrías, tristezas y preocupaciones, esto forma parte de la existencia del ser humano y debemos ponerle atención, dado que, varias de esas situaciones nos quitan la serenidad en la vida cotidiana. Asimismo, debemos cuidar la armonía que restaura nuestra relación con Dios, pues se convierte en manantial si le dejamos espacio. En efecto, la vivencia de oración purifica nuestra mirada y permite ver la bondad en el trabajo junto con otros, al ser testigo del reino que habita en los demás, confirma que la oración edifica las relaciones interpersonales y se convierte en camino de reconciliación que cultiva una paz con justicia, sostenida por la sencillez y la tolerancia, pues son regalos que necesitamos ante un mundo cargado de violencia. (cf. Santiago 3, 18) “Los que trabajan por la paz siembran en la paz y cosechan frutos en todo lo bueno”.
Para Madre Ma. Eugenia, la vida interior la relaciona con el principio fundamental de la humildad. En lo personal, yo la relaciono con la escucha, esa capacidad que tiene un alma centrada en Dios, de entrar en su propia soledad y hacer una pausa en el camino, para acallar los ruidos internos que se esconden muy dentro de sí y van deteriorando la relación de Dios con el hombre. Del mismo modo, descubrir y acoger la paz en nuestro mundo marcado por la indiferencia, la venganza, el odio, lo mediático, no es fácil; pues supone una decisión valiente de la persona, pues ante una cultura, que vive en medio de tanto ruido y la prisa, le cuesta descubrir la paz interior. Por consiguiente, quiero reflexionar un poco más en las palabras oración y el ayuno, dos términos que a primera impresión parecen no tener un espacio oportuno en la realidad de hoy. No obstante, detengámonos unos minutos para saborear ambas palabras, las cuales si les prestamos atención nos dejan una fortaleza que jamás se podrán comprar.
Así pues, la oración tiene una estrecha relación con el silencio, ya que me permite abrir el corazón para vivir ese encuentro con Dios, a través de escudriñar las sagradas escrituras, y reconocer esa presencia salvadora como el único bien, de donde dimanan las bondades, los dones, la inteligencia, la disponibilidad, la alegría, la entrega generosa, son regalos que le pertenecen a Dios, nosotras somos simples administradores, (cf. Lc. 17, 10) “Somos servidores no necesarios, hemos hecho lo que era nuestro deber”. No podemos presumir, pues si lo hacemos, estaríamos presumiendo de nuestras propias fuerzas, todo lo que vivimos debe ser para dar gloria a Dios por el bien recibido.
Con nuestra humanidad herida, descubramos el verdadero sentido del ayuno; pongámonos en pie y vayamos al desierto, dejemos que Nuestro Señor Jesús sea la luz, y venga a sanar nuestras dolencias de aquellas contrariedades que obstruyen el camino, mientras trabajamos por un mundo transformado. En efecto, el ayuno no es otra cosa, más que vivir desde él, por él y para él, con acciones concretas que vayan en favor de los descartados de nuestra sociedad. (Is 58, 6-7) ¿“No saben cuál es el ayuno que me agrada? Romper las cadenas injustas, desatar las amarras del yugo, dejar libres a los oprimidos y romper toda clase de yugo. El silencio viene en nuestra ayuda, despierta lo que está dormido en nuestra vida y nos orienta a reconocer que en varias ocasiones las palabras que pronunciamos son inútiles, no tienen sentido, pues lamentarnos lo que provoca es un deterioro en el cuerpo y envejecimiento en el espíritu, generando con ello, una vida cansada, triste, preocupada, egoísta, ansiosa y con deseo de ser reconocido por todos. En verdad, vivir la oración debe llevarnos a tener presente los derechos de Dios quien a pesar de nuestra fragilidad acompaña la historia del ser humano fracturada por el pecado.
Para finalizar, María Eugenia sin dudarlo, se dejó atraer por la bondad de Jesucristo, fue él quien le permitió bajar continuamente a lo profundo de su ser y reconocer la verdad que era Dios mismo. Así también, muchas hermanas nuestras, han experimentado el ayuno de acoger la soledad como un camino de encuentro con el amor, a quien hemos consagrado nuestra existencia. Pidamos a Dios, nos conceda la gracia de vivir este tiempo de Cuaresma bajo el misterio de la encarnación como un signo de esperanza para este mundo convulsionado por el consumismo, que nuestra vida consagrada sea bálsamo para los corazones cansados que encontramos en nuestro caminar, y que la alegría de abrazar al otro como hijo de Dios, sea signo visible que brota de esa libertad interior que solamente ofrece Jesucristo.
Claudia Marilú
Provincia de América Central y Cuba
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