Por Albania Cadena — Guayaquil, Ecuador
Hace poco escuché a Christina Koch, especialista de la misión Artemis II, decir algo que me sacudió: "No podemos explorar más a fondo a menos que hagamos algunas cosas incómodas, a menos que asumamos algunos sacrificios." Ella hablaba de la Luna. Yo pensé inmediatamente en la maternidad — ese viaje hacia lo desconocido donde la única brújula que funciona se llama amor.
No quiero romantizar. La maternidad es caótica, agotadora e impredecible. Es Santi llorando en su asiento del carro mientras conduzco, son muchos despertares en la noche, es un cuerpo que da sin parar y también necesita sanar. Y, sin embargo, es precisamente en ese caos donde he encontrado una forma muy concreta de vivir la Resurrección: el sacrificio no es resignación, es una ofrenda activa, una acción de gracias por las vidas que Dios puso en mis manos. El mismo gesto que hago en el aula — dar, sostener, acompañar.
Nadie me avisó que la maternidad transformaría mi fe de esta manera. Que me volvería más llorona — sí, confieso que ahora las noticias me calan los huesos de una forma que antes no conocía. Que me volvería más vulnerable, más capaz de sentir el dolor ajeno; y que esa vulnerabilidad es exactamente lo que el mundo necesita.
A la Virgen ya no le pido poquito: cada mañana le pido como mínimo un kilo de paciencia. Y ella, que también supo lo que es amar sin condiciones y sin garantías, parece entenderme perfectamente. Ser madre me ha enseñado más sobre el Evangelio que muchos años de estudio.
Esa misma apertura la he sentido crecer en mi vocación educativa. Mis estudiantes notan más cercanía, más empatía, más humanidad en mi manera de enseñar. Porque educar y criar son, en el fondo, la misma forma de amar.
Siamcito tiene ocho años y es todo lo que yo no soy: escalador, karateka, surfista — libre como el viento. Santi llegó al mundo con una energía propia e indomable. Los dos son almas radicalmente libres — y los dos me han dado la lección más grande: mis hijos no son proyectos a moldear, son personas a acompañar desde lo que ya son. Que sean felices siendo plenamente ellos mismos, artesanos de su propia humanidad, guiados por los valores que aprendí en la Asunción.
Eso mismo me enseñaron las Religiosas de la Asunción: me formaron desde lo que yo era, me acompañaron, me acogieron. Y ese gesto es exactamente lo que intento repetir cada día en casa y en el aula. Educar es una forma de maternidad espiritual.
En este camino no estoy sola. Está Siam, mi esposo — mi San José. Padre presente, el hombre que sostiene nuestro hogar desde un plano silencioso y amoroso que solo los grandes saben habitar. Mi mejor compañero, que ha elegido construir junto a mí incluso cuando nuestro matrimonio ha pasado su prueba de fuego en medio del caos y la rutina. Verlo amar a nuestros hijos y amar lo que somos como pareja me hace amarlo más cada día.
Ser mamá es el mejor título que Dios me ha dado — el que más me ha costado y el que más me ha formado. La perfección no es la meta. La plenitud sí.
Esta Pascua, la vida nueva llegó con cada mañana caótica, con cada noche de desvelo, con cada momento en que elegí entregarme — como madre, como esposa, como educadora, como mujer que cree firmemente que el amor y la educación nos salvan. Como decía Madre María Eugenia: 'es una locura no ser lo que se es con la mayor plenitud posible.' Cada día es un reto. Y cada día lo asumo, con todo lo que soy, con la mayor plenitud posible.