La escena de la Visitación nos muestra a María en movimiento. La Biblia nos cuenta que, después de recibir el anuncio del ángel, ella no se queda centrada solamente en sí misma ni en lo que está viviendo. María se pone en camino para visitar a Isabel, para acompañarla, servirle y compartir con ella esperanza. Ese gesto sencillo encierra una profunda enseñanza espiritual: la fe auténtica siempre nos mueve hacia el otro.
La espiritualidad asuncionista nos invita precisamente a eso: a no permanecer estáticos ni indiferentes frente a la realidad que viven tantas personas. Ser asuncionistas no significa solamente haber estudiado en un colegio, sino aprender a vivir con una mirada sensible, consciente y comprometida hacia quienes más necesitan ser vistos, escuchados y acompañados.
¿Pero cómo vivo esa espiritualidad asuncionista en mi día a día? Esa es una pregunta que ha sido planteada por generaciones a estudiantes de los colegios asuncionistas alrededor del mundo; y siempre he pensado que, muchas veces, puede quedarse en lo abstracto. “¡Vamos a transformar la sociedad!”…pero ¿qué significa realmente eso? ¿Cómo se traduce en acciones concretas dentro de mi vida cotidiana, con mi familia, en mi trabajo, en medio de las dificultades, tensiones y precariedades que también atraviesan nuestra propia realidad?
María no fue hacia Isabel desde la superioridad ni desde el protagonismo. Fue desde el servicio, y tuvo como esencia acciones humanas y simples: estar cerca, acompañar, escuchar y sentir la necesidad del otro. Eso es profundamente asuncionista.
No se trata necesariamente de “grandes cosas” o de acciones extraordinarias, sino del aprendizaje diario de mirar al otro con verdadera dignidad. En nuestra cotidianidad significa preguntarnos constantemente quiénes están quedando fuera, quiénes no están siendo escuchados o quiénes cargan con injusticias silenciosas. Significa no permanecer en silencio frente a comentarios discriminatorios, humillantes o injustos; involucrarnos en iniciativas solidarias no solo desde la caridad, sino también desde el compromiso con la condición humana de las personas; pagar con justicia a quienes trabajan para nosotros, reconociendo el valor de su esfuerzo y evitando aprovecharnos de su necesidad; utilizar nuestra voz, nuestro trabajo o nuestras capacidades para abrir oportunidades a otros.
Es preguntarnos con profunda honestidad: ¿cómo miro la vida y las situaciones cotidianas? ¿Desde la realidad de quienes viven mayor vulnerabilidad o desde la comodidad de quienes tienen mayores privilegios? ¿Qué posiciones tomo en mi vida personal y frente a lo que ocurre en mi país y en el mundo? ¿Me coloco del lado de quienes tienen menos oportunidades o termino respaldando, consciente o inconscientemente, las lógicas del poder y la indiferencia?
La Visitación nos recuerda que la fe no puede quedarse quieta; una fe auténtica siempre encuentra la manera de ponerse del lado de la dignidad humana, y de hacerse presencia, cercanía y servicio en la vida cotidiana.
María José De Luca
Ex alumna colegio de la Asunción