La Cuaresma se nos presenta como una oportunidad renovada para escuchar la llamada que Dios hizo a Abraham: «Sal de tu tierra» (María Eugenia de Jesús 1880). En la espiritualidad de la Asunción, este «salir» no es un evento aislado, sino una necesidad constante de alejarnos de nuestros apegos y egoísmos para elevarnos hacia lo sobrenatural (María Eugenia de Jesús 1880). Acompañar a Jesús en su camino hacia la Pascua exige, por tanto, una disposición del corazón que busca la verdadera libertad interior.
Acompañar al Señor en el desierto y hacia el Calvario implica un proceso de purificación espiritual. La verdadera mortificación cuaresmal consiste en «morir a los atractivos inferiores» y al «hombre viejo», permitiendo que la gracia depositada en nosotros brille con toda su fuerza (María Eugenia de Jesús 1880). No se trata de un ejercicio de privación sin sentido, sino de «cortar los hilos» que nos atan a la comodidad, para que nuestra alma pueda navegar libremente hacia Dios (María Eugenia de Jesús 1880).
Este desprendimiento espiritual es el que nos permite «mantenernos lo más cerca posible de Jesucristo», aprendiendo a juzgar toda la realidad bajo su luz (María Eugenia de Jesús 1842). Solo cuando el corazón está «muerto para sí mismo» y entregado al bien, puede encontrar su plenitud en la voluntad del Padre (María Eugenia de Jesús 1842).
La mirada de la Asunción nos invita a no considerar la tierra simplemente como un lugar de exilio, sino como un «lugar de gloria para Dios» (María Eugenia de Jesús 1841). En este tiempo de Cuaresma, estamos llamados a trabajar por el advenimiento del Reino de Dios tanto en nuestro interior como en el de los demás (María Eugenia de Jesús 1841).
La esencia del cristianismo es el sacrificio de Cristo, que dejó su felicidad para abrazar el trabajo y la cruz (María Eugenia de Jesús 1841). Por ello, nuestra fe no debe buscar únicamente la bienaventuranza personal, sino comprometernos activamente en la difusión del Evangelio, utilizando los mismos medios que Cristo eligió: los medios humildes de la fe y el abandono en las manos de Dios (María Eugenia de Jesús 1841).
El acompañamiento interior a Jesús debe culminar en una transformación que nos impulse a la acción cristiana. Santa María Eugenia insistía en que cada uno de nosotros tiene una misión en la tierra (María Eugenia de Jesús 1841). Al configurarnos con Cristo en su entrega, aprendemos que el fin de la educación cristiana y de la vida espiritual es formar almas que encuentren a Jesús en todo conocimiento y que actúen como sus representantes en el mundo (María Eugenia de Jesús 1842).
Que esta Cuaresma sea un tiempo para fijar nuestra mirada en Jesucristo y, con un corazón renovado y desprendido, trabajar con alegría por la extensión de su Reino. Al seguir sus pasos, descubrimos que el sacrificio es el preludio necesario para la alegría de la Resurrección.