“Mis queridas Hijas, empecemos el tiempo de Adviento. Toda la literatura romana está llena de llamadas, de deseos hacia el Mesías y de deseos de su llegada. Este tiempo ¿es sólo la conmemoración, el recuerdo de esta larga espera de cuatro mil años, durante la cual los patriarcas y los profetas clamaban con ardientes deseos, por Aquél que debía dar al mundo una ley perfecta, una ley de amor? Sí, es esto, pero no lo es todo. Cuando la Iglesia pone en nuestros labios esas llamadas a Jesucristo, no es únicamente para recordarnos los clamores de los antiguos tiempos, sino más bien para estimularnos a desear el advenimiento de Jesucristo en nosotros”.
¿Qué hacemos cuando esperamos? Todos sabemos que no es lo mismo esperar algo, como un paquete, que esperar a alguien: una visita, un amigo, un hermano, un hijo. A veces aprovechamos esos tiempos de espera para ponernos al día: llamar a un enfermo, leer un libro o una noticia, revisar —o stalkear— las redes sociales, responder correos o escuchar música. Otras veces, simplemente nos sentamos y contemplamos. Algunas personas rezan la oración del peregrino ruso o cantan interiormente alguna antífona; otras acarician, rezándolas, las cuentas del rosario.
El tiempo de Adviento puede ser, un año más, una oportunidad para tomar conciencia de que Aquel a quien esperamos es el Hijo de Dios. Y es verdad lo que nos recuerda santa María Eugenia: el Mesías ha sido anunciado bellamente por esos grandes “publicistas” y creadores de contenido mesiánico que son los profetas; especialmente, en este tiempo, Isaías. ¿Y Juan Bautista? Él es el humilde testigo que señala siempre a Otro, el que acepta su papel en la Historia sin miedo, con la seguridad de quien se sabe precursor de una luz y de un camino más grandes que él mismo. Un testigo al que no le importa reconocerse inferior, porque Aquel para quien hace de “telonero” es el mismo al que Isabel reconoció, aún en el vientre de María.
El Hijo de Dios, el Mesías esperado, la promesa de salvación, toma carne en el seno de María. Su “sí” abrió para nosotros una espera llena de una esperanza que no defrauda. El sí de María es un sí que abre futuros, el futuro encarnado en un niño que se llama Emmanuel: Dios con nosotros. Tenemos cuatro semanas para saborear interiormente lo que significa Maranatha: ¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven, que te esperamos!
¡Cuatro semanas para prepararnos! El color morado de la espera, suavizado por el rosa del domingo de Gaudete; la luz que crece en las coronas de Adviento hasta que la Luz verdadera acampe en nuestro corazón e ilumine a todo hombre de buena voluntad. Tenemos tiempo para rezar, sabiendo que la esperanza que anhelamos los cristianos es una esperanza que mira al cielo sin desentenderse de la historia, una historia tejida de colores, dolores y alegrías tan únicos para cada hijo de Dios.
¿Te has parado a pensar en la cantidad de símbolos, personajes, lecturas y músicas que nos ayudan a esperar, preparando el camino a Jesús, Mesías y Salvador? ¡Debe de ser muy especial Aquel a quien esperamos, porque todo está bellamente cuidado!
Quizá pienses que eres de los que dejan todo para el último momento. ¡No pasa nada! Para esa última semana, la tradición de la Iglesia nos reserva las bellísimas “antífonas de la O”, llamadas así porque comienzan con la exclamación Oh. Cada día, en la antífona del Magníficat en Vísperas o en el versículo del Aleluya, invocamos a Cristo con un nombre distinto: Sapientia (Sabiduría), Adonai (Señor), Radix Iesse (Raíz de Jesé), Clavis David (Llave de David), Oriens (Sol naciente), Rex Gentium (Rey de las Naciones), Emmanuel (Dios con nosotros). Las iniciales de estos títulos, leídas al revés, forman un acróstico: ERO CRAS (“seré mañana”, “vendré mañana”).
Al utilizar este capítulo de María Eugenia, quiero detenerme en el cariño fraternal que, para mí como religiosa de la Asunción, sigue transmitiendo tantos años después la manera en que ella se dirige a las primeras hermanas y a quienes hoy, como Asunción Juntos, leemos sus escritos. Somos hijos. Somos hijos queridos. ¿De quién? Cada uno puede pensar en los padres que nos han dado la vida, en padres y madres espirituales, y en la paternidad de Dios. Quizá hoy María Eugenia nos diría: “Mis queridos hijos, estad atentos, esforzaos en vuestro tiempo de espera. ¡Viene el Señor! Es el Hijo de Dios que se encarna para darnos la vida. ¡Es Dios con nosotros!”.
Ana Alonso, ra
Provincia de España