La realidad, tejida de acontecimientos dolorosos, y la creatividad humana empleándose a fondo para conquistar nuestros deseos me han servido como inspiración para encontrar nuevos reflejos de la palabra generosidad en este tiempo de Cuaresma.
El 18 de enero tuvo lugar en Adamuz, Córdoba (provincia del sur de España), un accidente ferroviario en el que fallecieron 46 personas. Vimos escenas de dolor, de impotencia, de preguntas sin respuesta. Nos sentimos consolados por la fe de muchas de las familias que, en medio del dolor, se sentían acompañadas por el consuelo de los prójimos con rostro de samaritanos. Se sentían consoladas porque saben que la muerte de sus seres queridos no es el final. Queda el testimonio de un hijo que había perdido a su madre: «La oración no nos quita la cruz, pero nos da la fuerza para cargarla».
Julio es un joven de 16 años que fue de los primeros vecinos del pueblo en llegar y comenzar a socorrer a los heridos. Al escuchar sus palabras —«solo sentía la necesidad de ayudar, de socorrer»— comprendemos la grandeza de ese gesto. Este hecho doloroso, marcado por la muerte y la esperanza en la Resurrección, ha sido una realidad profundamente conmovedora.
La publicidad trata de seducir nuestros sentidos, pero hay anuncios que son una verdadera creación artística. Son aquellos que se apoyan en un relato, en una historia que podemos observar y contemplar como espectadores, pero que no nos dejan indiferentes. Nos remueven interiormente. Una compañía de seguros, bajo el título Una vida contigo, ha estrenado un spot que narra una historia de amistad y nos recuerda una verdad poderosa: no hay nada más humano que ayudar y ser ayudado.
Adamuz, Julio y el mensaje de que no hay nada más humano que ayudar y ser ayudado me han servido para recordar, ante la presencia de Dios, que el Hijo de Dios está subiendo a Jerusalén para entregar la vida por cada uno de nosotros. Y que, a mi lado, contemplo y experimento relatos de ayuda y de ser ayudado, de empatía y de fe, que actualizan en mí la palabra generosidad en este tiempo de Cuaresma. Solo recordamos lo que damos y lo que recibimos.
La generosidad en la Cuaresma puede concretarse en ayuno, oración y limosna, ya que una definición sencilla y poderosa de esta virtud es «salir de sí mismo». En definitiva, salir de uno mismo, dejar de estar “ensimismado”, metido en sí mismo, y pasar a estar “entusiasmado”, volcado hacia el otro teniendo a Dios dentro. ¿Es tu ayuno, tu oración y tu limosna generosos? La generosidad es la virtud que, llevada hasta el extremo, hasta su nivel más alto, conduce a la ofrenda de sí mismo. Estos 40 días me permiten contemplar el Amor hasta el extremo, dando su vida para darnos vida. La vida de Jesús de Nazaret nos muestra que la caridad y la generosidad son inseparables. Para nosotros, estas dos virtudes son el vínculo que nos identifica con Cristo.
¡Los salmos! De nuevo, en el camino de la Cuaresma, están estas poesías hechas oración y tejidas de cotidianidad. En la tradición cristiana existen los siete salmos penitenciales, una colección especial que expresa un profundo sentido de arrepentimiento y súplica ante Dios: los Salmos 6, 32 (31), 38 (37), 51 (50), 102 (101), 130 (129) y 143 (142). En cada uno de ellos, el salmista confiesa su falta ante el Señor y reconoce su necesidad del perdón de Dios. Dios no solo nos da lo que necesitamos —en este caso, el perdón y la misericordia—, sino que se nos da Él mismo como acto supremo de amor.
En los pasillos del colegio, en el patio y en las clases, a veces escucho: «Estoy en mi prime». Esta expresión se ha hecho viral en redes sociales (especialmente en TikTok) y es usada por los jóvenes para indicar que se encuentran en su mejor momento.
Si vivimos estos 40 días con generosidad, saliendo de nosotros mismos, puede que, día a día, seamos capaces de vivir el mejor momento en la vida de cualquier cristiano: sabernos redimidos, salvados y amados por el Hijo de Dios, muerto y resucitado por ti y por mí. La Cuaresma nos prepara para ¡nuestro prime!
Ana Alonso,ra
Comunidad de Ponferrada