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Provincia de Asia Pacifico: La Asunción me transformó, por Tadashi Katsu

P eventViernes, 17 Julio 2026

El año 2020 fue el año en que me mudé de China a Japón. Es también el año en que comenzó la pandemia de coronavirus.

"Autocontención", decía la gente. La pandemia era demasiado grave para salir a la calle. Las personas empezaron a no hacer nada en sus casas, y yo era una de ellas. Hasta que entré al bachillerato, apenas tuve conversaciones con personas durante tres años. La razón no era solo la pandemia, sino también mi incapacidad para hablar japonés. Todo ello me hizo perder la confianza para hablar con los demás. Sabía que eso no era en absoluto una influencia positiva en mi vida, así que decidí cambiar un poco durante mis años de bachillerato.

Cuando entré en Assumption Kokusai, me invadieron tanto el miedo como la curiosidad. El ambiente era completamente diferente al de mi escuela secundaria. Todos parecían más abiertos de mente, más acostumbrados a acoger a personas de otros países. Aun así, recuerdo que cuando no podía hablar japonés correctamente, algunas personas se reían de mi pronunciación. Ese pequeño momento —una simple carcajada— puede parecer insignificante para otros, pero para mí resonó con mi trauma pasado. Me recordó la época en que mis compañeros se burlaban de mi acento, de mis palabras, e incluso de la forma en que permanecía en silencio.

Durante mucho tiempo, evité hablar. El silencio me parecía seguro. Pero el silencio era también una jaula.

En Assumption Kokusai, los profesores no permitieron que ese silencio continuara. Me animaron con delicadeza a hablar en clase, a hacer presentaciones, a expresar lo que pensaba. En mi opinión, la forma en que funcionan la mayoría de las escuelas japonesas suele generar miedo a las exposiciones en los alumnos —les preocupa equivocarse, ser juzgados, pasar vergüenza—. Pero mi colegio era diferente. Teníamos que hacer una presentación cada semana. Al principio, me parecía una tortura. Me temblaban las manos. La voz se me quebraba. Recuerdo la primera vez que tuve que presentar mi libro favorito: leí el guion palabra por palabra, sin mirar a nadie.

Pero, sorprendentemente, nadie se rió. El profesor sonrió y dijo: "Has hablado con valentía." Esa única frase me dio más de lo que cualquier clase de gramática podría haberme dado.

A medida que pasaron los meses, empecé a notar pequeños cambios en mí. Comencé a levantar la mano con más frecuencia en clase. Empecé a sostener la mirada. Cuando los profesores pedían voluntarios, a veces yo decía: "Lo intento." Esa palabra —"intentar"— se convirtió en una especie de palabra mágica para mí.

A la hora de comer, me sentaba cerca de personas que no conocía bien. A veces hablábamos de anime o de música. A veces simplemente escuchaba. Lo importante era que ya no me escondía. Mi japonés fue mejorando poco a poco, y con cada pequeña conversación, sentía que esa pared invisible entre los demás y yo se desvanecía.

También me di cuenta de que la comunicación no consiste solo en el idioma, sino en la disposición. Las personas pueden perdonar los errores si sienten tu sinceridad. Mis compañeros veían que yo daba lo mejor de mí, y muchos de ellos empezaron a ayudarme con expresiones japonesas. Yo, a mi vez, les enseñé algunas palabras en chino. Nos reíamos juntos de los graciosos errores de traducción. Esos momentos me sanaron más que cualquier terapia.

Sin embargo, el trauma no desapareció de la noche a la mañana. Había noches en que los recuerdos del aislamiento en la escuela secundaria volvían con viveza. Recordaba sentarme solo durante el almuerzo, escuchando susurros y risas a mis espaldas. El sentimiento de no ser bienvenido permanecía en lo más profundo de mí. Pero algo en mí había cambiado: ya no creía que el silencio pudiera protegerme.

Empecé a escribir sobre mis sentimientos en inglés, el idioma que se situaba entre el japonés y el chino. De algún modo, el inglés me resultaba neutral, como un puente que unía mis dos mundos. Escribí entradas en un diario, poemas, incluso pequeños ensayos sobre mi soledad. A través de la escritura, comencé a entender que el trauma no desaparece olvidándolo, sino comprendiéndolo.

Poco a poco, me di cuenta de que mi miedo a hablar no venía de los demás, sino de mi propia creencia de que no era suficientemente bueno. Cuando empecé a perdonarme a mí mismo por mi acento, mis dudas y mi torpeza, empecé a sentirme más libre.

Un día, una nueva estudiante internacional de Colombia se incorporó a nuestra clase. No hablaba bien el japonés, y me vi reflejado en sus ojos: nervioso, perdido, en silencio. Me senté a su lado y comencé a hablar en inglés. Ella sonrió con alivio. En ese momento comprendí algo precioso: el dolor que un día había tenido podía convertirse en empatía hacia los demás.

Ayudar a esa estudiante me recordó cuán poderosa puede ser la comunicación. Volví a sentir curiosidad por los idiomas, no como algo que dominar a la perfección, sino como una llave para comprender a las personas. Profundicé en el japonés a través de las interacciones cotidianas, seguí escribiendo en inglés e incluso tomé clases adicionales para perfeccionar la lectura y la escritura en chino.

Cada idioma se convirtió en una ventana diferente hacia mí mismo.

  • El japonés me enseñó cortesía y cuidado.
  • El chino me recordó mis raíces, mi familia y mis primeros sueños.
  • El inglés me dio libertad, permitiéndome expresar cosas demasiado complejas para la traducción.

Cuando me di cuenta de que podía pensar en tres idiomas, algo se abrió en mi mente. Empecé a ver que ninguna cultura es completa por sí misma. Hay cosas que la comunicación japonesa enseña —como la sutileza y la empatía— que la cultura china a veces omite. Pero también hay fortalezas en la franqueza china y en la flexibilidad del inglés que Japón a menudo necesita.

Combinándolas todas, comencé a desarrollar una nueva identidad: alguien que pertenece a las tres y, al mismo tiempo, a ninguna en particular. No era confuso; era liberador.

Este nuevo sentido de identidad me hizo más activo en la vida escolar. Me incorporé al consejo de estudiantes en mi tercer año. Al principio, no tenía intención de ser líder; solo quería ayudar entre bambalinas. Pero otra parte de mí —la parte original y positiva— me decía: "No, no debes quedarte atrás; debes ser quien guíe a los demás."

Finalmente, fui elegido presidente del consejo de estudiantes. No podía creerlo. La misma persona que antes temía hablar representaba ahora a todo el alumnado.

Ser presidente no era fácil. Tenía que hablar ante cientos de estudiantes, dirigir reuniones y a veces tomar decisiones difíciles. Pero todas aquellas presentaciones semanales me habían preparado para ese momento. Aprendí a gestionar un equipo cuyos miembros tenían opiniones diferentes, a mediar en conflictos y a equilibrar la lógica con la empatía.

El proyecto más importante del consejo fue proponer un cambio en una de las normas escolares obsoletas. Muchos estudiantes se habían quejado de la norma que les prohibía llevar el cabello suelto, alegando que no reflejaba los valores actuales. Algunos profesores se resistían, pensando que rompería la disciplina. Decidí abrir un diálogo entre ambas partes.

Recogí opiniones de los estudiantes, elaboré una propuesta bilingüe en japonés e inglés, y la presenté formalmente al claustro de profesores. Para mi sorpresa, la escucharon con seriedad. Tras varios meses de debate, la norma fue modificada. No fue una gran revolución, pero para nosotros fue una señal de que la comunicación puede verdaderamente cambiar las cosas.

Ese momento se convirtió en el punto culminante de mi vida en el bachillerato: no porque ganáramos un cambio de norma, sino porque demostramos que las voces importan cuando se expresan con sinceridad y respeto.

A través de estas experiencias, comprendí que Assumption Kokusai no era solo un colegio. Era un espacio de formación en la empatía, la convivencia y la comprensión global. Cada presentación, cada proyecto en grupo, cada amistad fue un pequeño experimento sobre cómo personas de diferentes orígenes pueden encontrar puntos en común.

Empecé a percibir patrones de comunicación en distintas culturas. El silencio suele significar respeto en Japón; en China puede significar desacuerdo; en la cultura occidental, puede interpretarse como desinterés. Comprender estas sutiles diferencias me permitió gestionar los conflictos con mayor sabiduría. Me convertí tanto en oyente como en hablante.

Y poco a poco, noté algo hermoso: el trauma que un día me había hecho tener miedo de los demás se había transformado en aquello mismo que me conectaba con ellos. Porque sabía lo que se siente la soledad, podía consolar a otros. Porque conocía el dolor de ser malentendido, me esforzaba más por comprender.

Santa María Eugenia, fundadora de la Asunción, decía: "Educar es permitir que el bien que hay en cada persona atraviese la roca que lo aprisiona y salga a la luz donde puede florecer e irradiar su resplandor" (Assumption Antipolo, s.f.). Yo estaba roto en tantos pedazos que no esperaba poder recuperarme de esa situación. Pero lo que hizo Assumption Kokusai fue unir esos pedazos y forjar una versión completamente nueva de mí mismo.

Al mirar atrás, puedo decir con confianza que Assumption Kokusai no solo me cambió: me sanó. Me dio un lugar seguro para reconstruir las partes de mí mismo que un día estuvieron rotas.

Antes de entrar en este colegio, pensaba que comunicarse era cuestión de gramática perfecta o expresión fluida. Ahora sé que se trata de valentía, empatía y honestidad. Se trata de escuchar tanto como de hablar.

Assumption Kokusai me enseñó que la diversidad no es un problema que resolver, sino un tesoro que explorar. Conocí amigos de Japón, Colombia, Filipinas, Tailandia y muchos otros países. Cada uno traía consigo una historia diferente, una forma diferente de ver el mundo. Hablando con ellos, aprendí que toda cultura tiene luces y sombras, y que la verdadera comprensión comienza cuando dejamos de comparar y empezamos a aprender.

La persona que antes temía las risas usa ahora su voz para animar a los demás. El estudiante que antes guardaba silencio dirige ahora debates en tres idiomas. El joven que antes se sentía perdido entre culturas se yergue hoy con orgullo como un puente entre ellas.

Assumption Kokusai me transformó al mostrarme que el cambio no es repentino; se construye a partir de incontables pequeños momentos de valentía: tomar la palabra, perdonar, escuchar y volver a intentarlo.

Al prepararme para graduarme, sé que mi camino de aprendizaje de la comunicación nunca terminará. Los idiomas seguirán evolucionando; las culturas seguirán mezclándose. Pero gracias a este colegio, ahora tengo los cimientos para seguir aprendiendo y adaptándome.

Si algún día me encuentro con otro estudiante que se siente aislado, le diré esto: No esperes a tener confianza antes de hablar. Habla primero, y la confianza vendrá después. Esa es la mayor lección que me ha dado Assumption Kokusai.

Entonces, ¿cómo me cambió Assumption Kokusai?

Transformó mi silencio en voz, mi miedo en empatía y mi confusión en comprensión. Convirtió a un chico que se escondía detrás del idioma en alguien que une corazones más allá de las palabras. Y por eso, siempre estaré agradecido.