«Si no obtenemos lo que pedimos, Dios nos dará algo mejor»
Hay una experiencia que nos atraviesa por igual a todos: la de haber pedido algo con verdadera necesidad y no haber recibido respuesta. La oración no atendida es, quizá, la objeción más extendida de nuestro tiempo. Nace de sentirse decepcionado por no ser tomado en serio.
La fiesta de san Agustín, el 28 de agosto, ofrece una ocasión privilegiada para volver sobre esa cuestión desde una tradición de siglos.
El 1 de agosto de 1875, en las instrucciones dirigidas a las religiosas reunidas en Capítulo, santa María Eugenia se apoyaba precisamente en el obispo de Hipona para iluminar esta dificultad:
«A esto añada lo que dice san Agustín: que si no obtenemos lo que pedimos, Dios nos dará algo mejor».
Instructions de Chapitre, 1 de agosto de 1875
La formulación es breve, pero su alcance es considerable. No invita a la resignación ni propone una explicación piadosa del sufrimiento. Afirma algo distinto: que la aparente ausencia de respuesta puede ser, en el designio de Dios, la condición de un don mayor que aún no estamos en disposición de reconocer.
San Agustín no formula esta convicción desde una idea abstracta. La había verificado en su propia historia.
Su madre, santa Mónica, oró durante años por una sola cosa: la conversión de su hijo. La noche en que él decidió embarcarse hacia Roma, ella suplicó que no partiera. Agustín zarpó de todos modos. Solo mucho después comprendería que aquella petición no fue atendida precisamente para que pudiera cumplirse la que su madre venía elevando durante toda su vida: fue en Italia, y no en África, donde encontró la fe (cf. Confesiones V, 8).
De esa experiencia nace su enseñanza sobre la oración. En la carta que dirige a Proba, Agustín explica que orar no tiene por finalidad informar a Dios de nuestras necesidades, pues Él ya las conoce. Oramos para que nuestro deseo crezca. Los dones de Dios son grandes y nuestra capacidad de recibirlos es pequeña; la oración va ensanchando esa capacidad hasta hacernos capaces de acogerlos (cf. Carta 130).
La oración no modifica a Dios: transforma a quien ora.
Esta manera de comprender la oración forma parte de lo que en este artículo anterior describíamos como conversión permanente: la vida cristiana entendida no como un estado adquirido, sino como un camino que se rehace cada día, y especialmente cuando no se comprende.
León XIV, formado en la escuela agustiniana, ha señalado repetidamente la fuerza de este legado. Ante las reliquias del santo, en Pavía, el 20 de junio de 2026, subrayaba el valor de la interioridad y advertía que la necesidad de volver sobre uno mismo y de no dispersarse en lo exterior reaparece hoy con particular intensidad, sobre todo «en las preguntas de los más jóvenes» Y recordaba, con palabras del propio Agustín, que «la verdad habita en el hombre interior».
En realidad, no resuelve el enigma del silencio de Dios, ni pretende hacerlo. Propone, más modestamente, un cambio de mirada: no juzgar el conjunto de una vida por lo que se comprende de ella hoy, y sostener la oración incluso cuando parece no producir efecto alguno.
Agustín necesitó más de treinta años para descifrar su propia historia. La fiesta que celebramos el 28 de agosto conmemora, entre otras cosas, esa larga paciencia.
Este artículo continúa Claves para entender la espiritualidad de san Agustín.
Fuentes: santa María Eugenia, Instructions de Chapitre, 1 de agosto de 1875 · San Agustín, Confesiones V, 8, y Carta 130 a Proba · León XIV, homilía en la Basílica de San Pietro in Ciel d'Oro, Pavía, 20 de junio de 2026.
Fotografía: Alfa y omega. Enson Renton