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San Francisco de Asís y la Asunción: custodiar la creación como acto de fe

S eventViernes, 02 Octubre 2026

Hay vidas que, aun separadas por los siglos, parecen cantar la misma canción. Francisco de Asís, desde los caminos de la Italia medieval, y María Eugenia de Jesús, fundadora de las Religiosas de la Asunción en la Francia del siglo XIX, jamás se cruzaron en el tiempo. Sin embargo, cuando te asomas a su manera de mirar el mundo, descubres una sintonía profunda, casi milagrosa. Los dos supieron ver que la tierra que pisamos no es un simple escenario inerte, sino un lugar sagrado donde Dios se hace presente, me habla y me espera.

Reunir hoy a Francisco y a María Eugenia no es un ejercicio de teología abstracta; es una invitación cercana a transformar mi forma de estar en el mundo. Sus espiritualidades, aunque nacidas en contextos muy distintos, me regalan un impulso único: entender que cuidar la tierra, con detalles pequeños y teniendo en cuenta sus «agujeros negros», es una de las formas más puras de vivir mi fe.

Dos espiritualidades, un mismo impulso

¿Qué tienen en común un fraile que llamaba «hermano» al sol y una mujer apasionada por la educación y la renovación de la sociedad? A primera vista, podrían parecer muy diferentes. Francisco es la frescura de la intuición, el abrazo fraterno a la pobreza y a cada criatura, la poesía hecha vida. María Eugenia es la hondura del pensamiento, la mirada puesta en Jesucristo y su Buena Noticia para transformar la cultura, la convicción de que la fe debe encarnarse en la historia.

Pero si miro más de cerca, el corazón de ambos late al mismo ritmo. Francisco contempla la naturaleza y rompe a cantar porque descubre en ella las huellas del Creador: la hermosura del agua, la calidez del fuego, la humildad de la tierra. María Eugenia, por su parte, intuye que todo lo creado tiene una dignidad sagrada porque ha sido pensado y amado por Dios.

Ambos coinciden en algo esencial: la creación no es un objeto que poseer, sino una familia a la que pertenecer. Para Francisco, el cuidado nace de la fraternidad; para María Eugenia, de la justicia y del amor a la verdad. Juntos me dicen algo vital para el día de hoy: no puedo amar a Dios, a quien no veo, si pisoteo la tierra y la vida que Él ha puesto ante mis ojos. La santidad no me aleja del mundo; me sumerge en él con una delicadeza y un respeto renovados.

Custodiar la creación como prolongación del «Venga tu Reino»

María Eugenia tiene un sueño que repite a menudo: quiere que el espíritu de Jesús y del Evangelio lo impregnen todo. Para ella, la oración del padrenuestro y, en concreto, el deseo profundo de que «venga a nosotros tu Reino», no es una frase hecha ni un anhelo para el más allá. Es una tarea para el aquí y el ahora. Sueña con transformar la sociedad desde dentro, haciendo que la justicia, la verdad y el amor de Jesucristo se vuelvan realidad en la vida cotidiana.

Si traigo esa intuición al día de hoy, me surge una pregunta casi obligada: ¿no es el cuidado y la custodia de la creación una de las formas más urgentes de construir ese Reino?

Durante mucho tiempo hemos pensado que la fe consistía solo en cuidar las relaciones humanas o el alma individual. Pero el sueño de la Asunción me invita a ir más lejos. Trabajar por el Reino hoy significa defender la vida en todas sus expresiones. Significa entender que cuando cuido el agua que bebo, cuando siembro con respeto, cuando freno el consumo desmedido o protejo al que sufre el deterioro de su entorno, estoy haciendo presente el proyecto de Dios.

Francisco me enseña que la paz verdadera solo llega cuando me reconcilio con la creación. María Eugenia me recuerda que esa paz tengo que construirla con trabajo, educación y compromiso social. Unir ambas visiones me ayuda a comprender que cuidar nuestra casa común no es una moda ni un añadido ecológico a mi fe: es, en sí mismo, un acto de amor al Reino de Dios.

El cuidado de la tierra como acto contemplativo

En la espiritualidad de la Asunción, todo nace y culmina en la adoración. No se puede entender su misión sin esa mirada tranquila y profunda que se detiene ante Dios en la oración. Y es precisamente ahí, en la contemplación, donde la relación con la naturaleza cambia por completo.

Cuando miro el mundo con prisa o con afán de beneficio, la naturaleza se convierte en un simple «recurso»: algo que usar, consumir y desechar. Pero la mirada contemplativa funciona de otra manera. Es una mirada que no posee, que no explota, que sabe detenerse, sorprenderse y admirar. Es la capacidad de ver en una hoja, en una montaña o en la sonrisa de una persona y en su nobleza de corazón, la presencia callada de Dios que lo sostiene todo.

Así es como el cuidado de la tierra deja de ser un deber pesado o una lista de normas para convertirse en una actitud del corazón. Cultivar un jardín, proteger un río, reducir lo que gasto, cuidarme y cuidar al otro o simplemente caminar con agradecimiento por el campo se vuelven actos de oración. Aprendo a tratar la creación no como un almacén de materiales, sino como un espacio habitado por el Espíritu.

Francisco adora a Dios alabándolo a través y con las criaturas. La Asunción me enseña a adorar a Dios para luego mirar el mundo con sus mismos ojos. Ambas experiencias se alimentan mutuamente: cuanto más adoro, más respeto lo que me rodea; y cuanto más cuido la tierra, más cerca me siento de su Creador.

En nuestro tiempo, tan necesitado de esperanza y de cuidado, la voz de Francisco y la intuición de María Eugenia se unen para hacerme una invitación sencilla y cercana: vivir la fe con los pies en la tierra y el corazón en Dios. Custodiar lo que me han dado no es una carga, sino un privilegio y una alegría. Es la manera más hermosa de dar las gracias, de decir con la vida entera: «Señor, todo lo que has hecho es santo, y yo quiero cuidarlo contigo».

Magdalena Morales Valverde, r.a.

Comunidad de Santa Cruz de Tenerife