Del 1 de septiembre al 4 de octubre, celebramos el Tiempo de la Creación, un tiempo en el que, como familia cristiana, nos unimos para orar, reflexionar y actuar para restaurar nuestra Casa Común. Este tiempo nos une como cristianos en el mundo entero, ya que, surgió en 1989 por iniciativa del Patriarca ecuménico Dimitros I, quien proclamó el 1 de septiembre como día mundial de oración por la creación para los ortodoxos. Posteriormente, el Consejo Mundial de Iglesias extendió la celebración hasta el 4 de octubre en honor a San Francisco de Asís, patrono de la Ecología. En 2015, el Papa Francisco, el año de publicación de la Encíclica Laudato si, nos animó como Iglesia Católica a unirnos a esta iniciativa.
Cada año, el Tiempo de la Creación adopta un lema que orienta la reflexión. En este año el lema es “Inmersión en el agua viva”, inspirado en la profecía de Ezequiel 47:9,12. Este tema nos invita a contemplar la imagen del manantial que brota del templo, riega y vivifica toda el área por donde pasa. Este torrente brota del lugar del encuentro con Dios, mana de ese espacio sagrado para extenderse hacia la región más árida, fecundando y haciendo brotar frutos, plantas medicinales, y dando espacio a los animales para existir. Ezequiel escribe esta visión en un contexto de exilio, de desesperanza y de crisis del pueblo ante la pérdida de todo lo que significaba seguridad para ellos. Esta profecía nos inspira a reflexionar en la experiencia de Dios, el encuentro entrañable con Él, cara a cara como fuente de transformación profunda que contagia vida y acciones positivas que inciden en la transformación del entorno, aun en los momentos y situaciones más oscuras, como las que atraviesa nuestro mundo hoy, por la guerra, el cambio climático, la migración forzada y el hambre generada por la inequidad.
Como asuncionistas, herederos de la experiencia espiritual de Santa María Eugenia, cultivamos una mirada de esperanza al contemplar nuestra Tierra. Ella, desde su juventud, está convencida que la Tierra no es un lugar de exilio ni de sufrimiento, “la Tierra es un lugar de gloria para Dios”, le dice al Padre Lacordaire.[1] Esta convicción nos invita a un doble movimiento al habitar nuestra Casa Común: contemplación y acción. Al contemplar, es decir, al detenernos a admirar todo lo que existe, descubrimos que es creación, que su fundamento es Dios. Descubrimos su huella de BONDAD en cada cosa, en cada persona, en nosotros mismos. Esta bondad fluye, se transmite. La creación es como un manantial de la bondad de Dios. En Él vivimos, nos movemos y existimos.[2] Vivir gozando de esa bondad, hace brotar la alabanza y la adoración. Nos lleva a unirnos al “coro” de la creación que canta y alaba constantemente al Creador.[3]
Sin embargo, para María Eugenia, dar gloria a Dios también es acción. Siguiendo el consejo de un sacerdote, María Eugenia nos enseña: “Cuando se busca la gloria de Dios, el bien del hombre se encuentra siempre incluido…Toda clase de bienes que pueda darse al hombre viene por sí solo cuando ante todo se busca la gloria de Dios.”[4] Esta es la dimensión activa y comprometida de nuestro carisma que nos hace parte del caudal de vida que brota de la Fuente de Agua Viva que es Dios mismo. Hablando del corazón de Jesús, María Eugenia dice: “Todo en su corazón estaba en armonía con la gloria de Dios, que era el centro tanto de sus pensamientos como de sus sentimientos.”[5] Estar en armonía con Dios, buscando su gloria nos hace configurarnos con Jesús, asemejarnos a Él. “La vida interior es transformación” nos dice. Dar gloria a Dios, entonces, es vivir como Jesús vivió. “Para glorificar a Dios basta que Jesús viva en ti y obre en ti”, escribe Teresa Emmanuel en sus Coloquios. En estos mismos textos, encontramos la experiencia espiritual que ella vivió: “Te he convertido en un canal para regar. Soy una fuente en ti…” En este Tiempo de la Creación, podemos preguntarnos: ¿Nuestra vida es un canal de la bondad infinita de Dios que se difunde a través de nuestras acciones y gestos?
Inspirados en Santa María Eugenia, en este tiempo de la creación, reflexionemos:
Alicia Privado
[1] Carta al Padre Lacordaire – sin fecha, Textos fundacionales.
[2] Capítulo del 3 de noviembre de 1882
[3] Capítulo del 22 de junio de 1884
[4] Capítulo del 29 de diciembre de 1889
[5] Capítulo del 22 de febrero de 1891.