Hace unos días, al regresar de las misiones de Semana Santa en la parroquia rural de Sinincay (Cuenca) —una experiencia impulsada por el Colegio de la Asunción de Guayaquil, Ecuador, que reunió a un grupo diverso de jóvenes y adultos de distintas pastorales—, compartíamos en comunidad una gran certeza: la misión continúa al regresar a casa, en nuestra propia cotidianidad. Es ahí donde el desafío es vivir de forma consciente y coherente, sin dejarse arrastrar por las prisas de las "obligaciones" de adulto (que a veces resulta muy difícil). En el andar en mil cosas es fácil perder el centro y no estar atenta a ese paso de Dios constante, que casi siempre es discreto, pequeño y muy cotidiano.
Esta cotidianidad a menudo está marcada por una invitación que parece inofensiva, pero que esconde una exigencia permanente: la invitación a "vibrar alto y estar siempre positivos". Sin embargo, cuando no se cumple con ese estándar, corremos el riesgo de sentirnos descartados. Existe un temor profundo a vivir el presente desde la fragilidad o la disminución. Frente a esto, Madre María Eugenia nos propone una mirada que nace del Evangelio: vivir el hoy desde el Misterio de la Encarnación. Es una invitación a encontrarnos con la persona en todos sus matices, abrazando con ternura incluso aquello que no brilla y puede resultarnos incómodo.
A través de todo lo vivido, hoy como laica de la Asunción, he ido descubriendo que mi misión no es algo estático, sino un camino que se mueve en distintos espacios y atraviesa toda mi vida: desde mi entorno de trabajo, amigos y familia, hasta mi comunidad de misión compartida; nada se disocia. SER EL PRESENTE es una decisión que nace del amor, de las opciones diarias y de la apuesta por ese Reino que se construye en lo cotidiano.
Pensar en que "soy el presente y no el futuro" es el compromiso de aportar mi pequeña piedra en mi radio de acción. A lo largo de los diez años que ejerzo como agente inmobiliaria, he aprendido que mi labor no es meramente transaccional. Mi desafío es reconocer que detrás de cada contrato hay una historia y personas que lo habitan. Casi sin querer, durante algunos años, mi espacio de trabajo se ha transformado en un lugar de misión: acompaño en las novenas de Navidad que tienen un matiz ecuménico hermoso. En ese mismo espacio nos encontramos personas de distintos credos y no creyentes, unidos por una necesidad de búsqueda de "algo más"; ha sido un lugar que nos recuerda que Dios habita en la diversidad de nuestras búsquedas.
Esta respuesta no la doy sola. Mi fuerza y mi confirmación están en mis hermanas de la comunidad Voces Asunción. Allí he descubierto que en la vida comunitaria es donde una se hace y se rehace constantemente. Vivir el presente es también estar disponible para donde nos llamen y para aquellos que nos llaman.
La alegría de vivir el hoy no es algo etéreo; es una alegría profunda que nace del servicio y del encuentro. Es una alegría de Resurrección que sabe que la vida nueva también pasa por la cruz y por nuestras fragilidades. Vivir el presente es aceptar que no todo es estéticamente perfecto, pero que en nuestra propia humanidad siempre podemos decidir dar un poquito más de amor. Como nos dijo nuestra provincial, cuando tomamos la cruz del Camino de Vida: "el camino recién empieza".
Alexandra Jurado Alarcón
Provincia Ecuador México