Hna. Véronique Thiébaut, RA
«Jesús ama a Marta, a María y a Lázaro»: esto es lo que encontramos en el evangelio de la resurrección de Lázaro. María Eugenia comenta este texto diciendo: «Son las mujeres a quienes el Evangelio nombra en primer lugar, cuando se refiere a aquellos a quienes Jesucristo honraba con una amistad especial. » De hecho, ella reconoce en esta relación de amistad entre Marta, María, Lázaro y Cristo, una relación de «intimidad» en la que cabían a la vez el respeto, el amor, la fe y la libertad (cf. ME, Instrucción del 13.01.1878). Ella misma reconoce a Jesús como su verdadero amigo, su único amigo. Dice: «Él os habla como un amigo a su amigo, no hace falta decirle nada, lo ve todo, acepta todas las ofrendas» y conoce todas las intenciones... (ME, Notas íntimas, n.º 154/12) Hoy, a través de este evangelio de la amistad de Jesús, se nos invita a situarnos ante él con respeto, fe, amor y libertad.
Cuando veo el reclinatorio de María Eugenia, recuerdo las largas horas que pasaba rezando, viviendo en silencio esa amistad con Cristo. Cuántas cosas deben haber sucedido allí, en el silencio y la intimidad del corazón. Ella tenía el deseo de hablar con Dios como se habla con un amigo, con franqueza, libertad y rectitud. Nos invita a tener con Cristo la sencillez de Marta, a atrevernos a ir hacia él con el entusiasmo de nuestro corazón, a no disimularnos, a no buscar otra cosa que lo que somos.
De hecho, eso es lo que a María Eugenia le gusta de Marta: esa libertad, esa espontaneidad, esa sencillez, que hace que Marta se atreva a pedirlo todo y a decirlo todo al Señor. María Eugenia nos dice: «¿Sabes que a Nuestro Señor le gusta que acudas a él, como a aquel a quien se ama y que ama, con confianza y sencillez?». Así pues, hoy podemos tomarnos un tiempo para pensar en esta realidad conmovedora: cuando todo se derrumba a nuestro alrededor, cuando las cosas se vuelven más difíciles, tenemos un amigo seguro, un amigo único, fiel en todo momento. Exactamente como lo experimentaron Marta, María y Lázaro, un día, en Betania.
«Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto» y Jesús respondió: «El que cree en mí, vivirá. ¿Crees esto? Ella respondió: Sí, Señor, lo creo. Tú eres el Hijo de Dios…» María Eugenia dice: «Es una mujer sencilla, con el ardor de su fe y de su amor, la que hace una confesión tan hermosa». ¡En cuanto a carácter, se parece a san Pedro! Sí, a María Eugenia le gusta mucho la fe ardiente de Marta… Una virtud que se está volviendo rara, dice ella… Entonces, tomándola como modelo, nuestra propia fe debe ser aún más viva, aún más ardiente.
Intentemos vivir esto esta semana: sentémonos de vez en cuando para hablar con Cristo como se habla con un amigo. Atrevámonos a pedirle todo en el camino, en las dificultades, en la alegría. Y luego, dejemos que el impulso de nuestro corazón se eleve hacia Él, en una formidable profesión de fe.
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