En este primer domingo de Cuaresma, me gustaría hablarles de María Eugenia y del polvo. En uno de sus capítulos, dice que solo podemos elevarnos a Dios si no nos aferramos a la tierra y sacudimos el polvo que podría adherirse a nuestros pies. Por lo tanto, su primera propuesta es que nos deshagamos de todo lo que nos pesa, de todo lo que nos mantiene encerrados, de todo lo que nos ata a las cosas, para poder avanzar. ¡Pero María Eugenia también hacía limpieza! Nos invita a coger el delantal con ella para deshacernos del polvo que satura nuestras vidas; nos invita a dejar entrar la luz de Dios en nosotros. ¿Y cuál es el efecto de esta luz cuando entra en nosotros? Como un rayo de sol que entra en una habitación, revela el polvo que hay en nuestra alma. Este polvo no se veía cuando la luz de Dios no estaba en nosotros. Por lo tanto, es todo un trabajo aceptar esta luz que va a revelar nuestro polvo.
Esto es lo que dice en su capítulo del 20 de febrero de 1876: «Las personas que tienen buena opinión de sí mismas suelen estar poco iluminadas. Un místico del siglo pasado dice que estas almas son como una habitación con las persianas cerradas: el polvo puede cubrirlo todo sin que nadie lo vea, porque no hay luz. Pero basta con que entre un rayo de sol y el polvo, como si se pusiera en movimiento, juega con ese rayo. Si la luz es completa, se ve por todas partes».
Nuestras almas son, pues, como esos cuartos, esas habitaciones iluminadas por la luz, y el tiempo de Cuaresma consiste quizás en aceptar esa fragilidad, ese polvo que hay en nosotros, esa debilidad, y depositarla simplemente, con suavidad, en las manos de Dios. María Eugenia, al comentar el Evangelio de las tentaciones de Cristo, subraya el hecho de que la primera palabra pronunciada por Cristo en este evangelio es: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». Ella misma escrutó largamente las Escrituras y nos invita a buscar la palabra que es para cada uno de nosotros en la Escritura. Ella dice: «Hay una palabra para cada uno de nosotros, y esa palabra está siempre muy relacionada con el «Ven y sígueme» inicial del Evangelio. Así que, en este tiempo de Cuaresma, con ella, podemos entrar dulcemente en la Palabra y reconocer, acoger la Palabra que es para nosotros con el fin de seguir a Cristo paso a paso. ¡Feliz Cuaresma con María Eugenia!
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