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Provincia de CA y Cuba: Un corazón abierto, círculo de oración con adolescentes cubanos

P eventViernes, 04 Septiembre 2026

En octubre de 2025, un retiro espiritual de ocho días sembró en mi corazón un llamado inesperado: estar con los adolescentes de nuestra parroquia. El centro de retiro, enclavado en medio de la ciudad de La Habana, invitaba a escuchar y me fue abriendo lentamente a una vocación que nunca había considerado. No era enseñar ni organizar. Era simplemente estar con ellos.

Pero al regresar, no había un programa definido. Sin embargo, descubrí que en la parroquia ya existía un pequeño grupo de adolescentes que se reunía cada viernes por la noche en el centro parroquial. Eran unos siete u ocho adolescentes, guiados por dos catequistas jóvenes que, con gran dedicación, acompañaban sus primeros pasos en la fe. Sentí una profunda atracción hacia ese grupo y, con cierta timidez, me acerqué a ellos. Les pedí permiso para unirme a sus encuentros de los viernes. Con una generosidad que me conmovió, me abrieron las puertas de par en par.

Así comencé a compartir con ellos. Al principio, solo observaba y escuchaba. Poco a poco, fui conociendo a una niña de catorce años que sueña con ser maestra y con trabajar con los niños pequeños; a un niño que carga el peso de las expectativas familiares; a otra niña cuya risa llena el salón, pero cuyos ojos revelan luchas más profundas; a un niño de doce años que hace las preguntas más difíciles sobre la fe; y a dos más callados, que observan y escuchan con una atención que estremece. Todos ellos, acompañados por los jóvenes catequistas, formaban un pequeño grupo lleno de vida y de búsqueda.

Con el tiempo, fui visitando sus hogares, compartiendo meriendas y juegos, escuchando sus ansiedades sobre el futuro y sus esperanzas más íntimas. Cada uno de ellos ha sido un regalo, una ventana a las realidades que enfrentan tantos jóvenes en Cuba hoy.

Fue en enero de 2026, durante uno de esos encuentros de viernes por la noche, cuando ofrecí una sencilla enseñanza sobre la oración en silencio. Hablé de Jesús retirándose a lugares solitarios para orar, de Elías escuchando a Dios no en el viento ni en el terremoto, sino en un susurro suave. Les mostré que el silencio no es vacío, sino tierra fértil donde Dios planta su semilla. Al terminar, un silencio expectante nos envolvió, diferente a nuestro bullicio habitual. Fue entonces cuando los seis adolescentes intercambiaron miradas decididas, y los jóvenes catequistas asintieron con entusiasmo. Una niña, con los ojos brillantes, susurró con fervor: «Hermana, queremos más de esto. ¿Nos enseñas a quedarnos en este silencio con Dios?».

Al martes siguiente, estábamos en la capilla. No hemos faltado ningún martes desde entonces. Ese pequeño círculo de oración —los seis adolescentes y los dos jóvenes catequistas— se ha convertido en el corazón palpitante de mi ministerio. Allí leemos el Evangelio tres veces, dejando que el silencio entre cada lectura haga su obra sagrada. Los veo escribir en sus diarios, plasmando sus preguntas más profundas, sus emociones más crudas, sus suspiros de gratitud. Sus cuadernos se están convirtiendo en testimonios escritos de su caminar espiritual. Al atardecer, cuando el sol caribeño declina, nuestras voces se elevan juntas en las Vísperas, tejiendo lo antiguo con su fe fresca y valiente. Es un momento de gracia que trasciende nuestras pequeñas vidas.

Ellos me han enseñado más de lo que yo les he dado. Me han mostrado resiliencia ante la incertidumbre y una fe que cuestiona y aún cree. He compartido sus alegrías: un examen aprobado, un primer amor, el simple regalo de la amistad. Pero la mayor alegría es verlos crecer en la fe, cada martes, en nuestro pequeño círculo.

No tenemos un programa formal. Solo nuestra cita sagrada. He aprendido que el ministerio no se trata de tener todas las respuestas, sino de aparecer, una y otra vez, con el corazón abierto. El Señor me llamó de un retiro a una parroquia, de la observación a la participación, de la incertidumbre a este círculo de oración que es mi mayor gozo. Agradezco profundamente a los jóvenes catequistas su generosidad al abrirme las puertas de su grupo. Estos ocho jóvenes han ensanchado mi corazón de par en par. Son mis maestros, mi familia y mi oración diaria. Que Dios siga guiando este caminar, y que esta experiencia inspire a otras hermanas y educadores a confiar en el poder transformador de la presencia silenciosa y la oración compartida con los jóvenes.

Hermana Sylvia Ma. G. Jopillo, RA

Misionera en la Provincia de Centroamérica y Cuba.