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Hijos felices, no hijos campeones

H eventViernes, 18 Septiembre 2026

Por Albania Cadena · Guayaquil, Ecuador

¿Cuánto vales si no ganas?

Mi hijo Siamcito tiene ocho años y todos los deportes le salen bien. Lo que parece una bendición —y lo es— se convirtió, sin que nos diéramos cuenta, en una lección que no esperábamos. Un día caímos en la cuenta de algo que nos sacudió: estaba midiendo su valor como persona por cuánto ganaba, no por quién era.

Eso nos hizo parar. Decidimos regresar a lo básico: tardes de parque sin agenda, películas en familia, cuentos antes de dormir, simplemente ser niño. Y lo que vimos nos confirmó que habíamos tomado la decisión correcta. Como padres, a veces hay que soltar el ego de tener un hijo campeón para ganar algo mucho más importante: un hijo feliz.

¿Lo mejor para ellos o lo mejor para nosotros?

Abro Instagram y lo veo todos los días: una competencia silenciosa, pero muy real, por mostrar hijos talentosos, activos, productivos. Niños convertidos en contenido, expuestos al escrutinio público por los likes y la aceptación. Agendas que agotan solo de leerlas: deportes, robótica, idiomas, arte, tecnología, todo al mismo tiempo, desde que apenas saben atarse los zapatos.

Todos queremos lo mejor para nuestros hijos, pero ¿nos hemos preguntado qué significa realmente «lo mejor»? Se dice que la educación es la mejor herencia, y es verdad. Pero ¿de qué educación hablamos? ¿De certificados y contenidos, o de verdaderas habilidades para la vida: la empatía, la resiliencia, el trabajo en equipo, la capacidad de ser feliz con lo que se tiene?

Los verdaderos campeones no siempre están en la final

Este mundial me regaló una lección inesperada, y llegó justo cuando más la necesitaba como mamá. Los que más me impresionaron no fueron necesariamente los que llegaron a la final: fueron los que remaron juntos. Noruega y su famoso grito «Ro!» —«¡rema!»— se convirtieron en símbolo de algo que va mucho más allá del fútbol: la fuerza del equipo, la belleza del trabajo colectivo, el valor de quien es protagonista desde el segundo plano, sin necesitar el centro del escenario.

Remar no significa siempre ser el que marca el ritmo. Y eso no te quita valor: te lo da de otra manera. No todo tiene que ser primer lugar, exótico o novedoso. A veces lo más transformador es lo más sencillo: trabajar, sumar, acompañar. Eso es lo que quisiera que mis hijos aprendan: no a brillar solos, sino a remar juntos.

Vivir sencillamente para que otros sencillamente puedan vivir

Madre María Eugenia hablaba de los niños como vasos sagrados: seres que deben ser tratados con respeto y honor porque llevan en ellos la imagen de Dios. Desde esa mirada, convertir a un niño en trofeo, en contenido, en proyecto de logros, es también una forma de no respetar esa imagen, de no verlo.

Madre María Eugenia también nos dejó una frase que me llega profundamente —y lo digo con honestidad, porque para mí es uno de los mayores retos personales—: «Vivir sencillamente para que otros sencillamente puedan vivir». En un mundo que cada vez exige más —más certificaciones, más habilidades, más actividades, más de todo—, elegir la sencillez para nuestros hijos es casi un acto de rebeldía. Y de fe.

Al final del camino, lo importante es que sean felices

El deporte es hermoso. Las actividades extracurriculares son valiosas. La tecnología, el arte y los idiomas son regalos que podemos darles. Pero primero —siempre primero— que sean niños. Que jueguen sin prisa, que el juego sea parte de la rutina y no el premio al final de una agenda llena. Que fallen sin que eso defina su valor. Que descansen sin sentirse improductivos.

La buena crianza pasa por la reflexión honesta sobre el verdadero bienestar de nuestros hijos. Al final del camino, lo que el mundo necesita no son más campeones de vitrina: necesita seres humanos que aporten desde su felicidad, que remen juntos, que vivan desde lo que son. Y eso empieza en casa, en una tarde de parque sin agenda, en un cuento antes de dormir.